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Full text of "DINAMITA CEREBRAL"

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DINAMITA 

CEREBRAL 

(oleaión de cuentos anarqistas 






EDITORIAL & IMPREMTA SCCL 



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DINAMITA CEREBRAL 


Colección de cuentos anarquistas 




DINAMITA CEREBRAL 
- I a edición, junio de 2015 - 

Editado y maquetado por: 

L'Anomia Ediciones (Sección Alto Aragón) 

anomia.ediciones@riseup.net 

www.anomiaediciones.com.ar 


Anomia significa “ausencia de normas”. LAnomia no es territorio de nadie 
sino de los esfuerzos, placeres y voluntades combinados de muchas. De 
nacimiento indefinido y de vida indeterminada. Es un ser editorial mutante 
—en el sentido cambiante de la palabra- 
una quimera de muchas voces, un monstruo de varias cabezas. 


No se hizo ni se hará el depósito que impone la ley. 
Se permite y alienta la copia y distribución de este 
material por cualquier medio. 

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contacto con nosotras. 


N© 

MIA 





DINAMITA 

CEREBRAL 


Colección de cuentos anarquistas 







Indice 

ÉmileZola- ¡Sin trabajo!.12 

Magdalena Vernet - Los dos hacendados.19 

A. Strindberg -El culto de la verdad.26 

Henrik Pontoppidau - El nido del águila.29 

Francis Pi y Margall - El hurto.34 

F. Piy Arsuaga - El cuervo.37 

OctavioMirbeau-Escrúpulos.40 

Ricardo Mella-Elogro.44 

Ramiro de Maeztu - El “Central Consuelo”.49 

Martínez Ruíz (Azorín) - La Prehistoria.54 

C arlo sMalato-Lajusticia.59 

Anselmo Lorenzo - ¿Será eterna la injusticia?.64 

Bernard Lazare - La Justiciera.67 

Máximo Gorki - Coloquio con la Vida.73 

Anatole France - Un cuento de Año Nuevo.76 

José Prat - In vino veritas.82 

F. Dómela Nieuwenhuis - La casa vieja.85 

Jacobo Constant - El asunto Barbizette.89 

Julio Camba - Matrimonios.95 

Julio Burell - Jesucristo enFornos.99 

AlfonsoKarr-Lagloriamilitar.103 


— 7 — 

























PRÓLOGO 


S i la literatura sólo sirviese para entretener a los des¬ 
ocupados y para hacer reír a los satisfechos, no apre¬ 
ciaríamos el trabajo de un escritor en más de lo que 
apreciamos las bufonadas de un payaso. 

Éste nos divierte un momento, mientras que el escri¬ 
tor ejerce una influencia poderosa en nuestra manera 
de sentir y de pensar. Nada en el mundo produce una 
impresión tan duradera e influyente como la palabra es¬ 
crita; y su importancia crece a medida que la industria 
facilita progresivamente los medios de reproducción y 
propagación de los papeles impresos. 

Todos en la juventud hemos tenido nuestros autores 
predilectos, que han marcado una orientación decisiva 
en nuestra vida intelectual, moral y artística. 

Terminó el escritor hace años el libro en que puso lo 
mejor de su personalidad; dedicó luego su atención a 
otras cosas; tal vez ya murió, pero su libro ha quedado, 
y personas que él no conoció, personas que no le cono¬ 
cieron, continúan experimentando las emociones que 
allí grabó su arte, sean de consuelo o de reflexión, de 
esperanza o de sufrimiento, de bondad o de horror. 

Se realiza en esto como una especie de transmisión de 
herencia, para optar a la cual no se requieren derechos 
de primogenitura, sino afán de saber y capacidad para 
comprender. Jamás ningún otro legado se repartió con 
mayor justicia, ni dio a los herederos más preciosas ri¬ 
quezas. 


— 9 — 



Hubo siempre artistas y escritores asalariados y tu¬ 
vieron sus defensores en el mundo de las letras, todas 
las regresiones de la historia y todas las violencias, mal¬ 
dades y suciedades; pero, por fortuna, nunca las mere¬ 
trices de la inteligencia llegaron a las alturas del arte 
sublime de los grandes maestros; porque si también los 
mercenarios pueden dominar la técnica y pulir las ex¬ 
presiones, en cambio tienen vedado el noble arranque 
de la espontaneidad y les falta la grandeza del pensa¬ 
miento que es bello porque es verdadero y que llega al 
corazón porque es hermosamente humano. 

Aquellos mismos cuya lozana juventud floreció en 
bellezas literarias pletóricas de vida y de pasión, apenas 
pudieron producir obras amaneradas y sin fondo cuan¬ 
do, después de haber aceptado el plato de lentejas, qui¬ 
sieron agradar a los poderosos y justificar su lastimosa 
caída desde las cumbres de los ideales al lodazal de las 
villanas conveniencias. 

No reina el servilismo en aquellas alturas. La inteli¬ 
gencia del hombre naturalmente busca la verdad y el 
corazón espontáneamente se dirige al bien. Así se expli¬ 
can los preciosos y constantes servicios de la literatura 
en pro de los más sublimes ideales de la humanidad. 

Esto no es decir que los grandes artistas, pensadores 
y escritores de diferentes épocas y países tengan todos 
el mismo credo, profesen iguales doctrinas o pertenez¬ 
can al mismo partido, ni mucho menos. 

Léanse los nombres de los autores que se han reu¬ 
nido en este libro y se verá que muchos van por cami¬ 
nos diferentes, que tal vez sean contrarios entre sí; pero 
todos se encuentran en la alta cima. Hay algo que está 
en todos y más alto que todos. 

Cada uno tendrá sus opiniones y su particular histo¬ 
ria; sin embargo, todos convienen, más que en el pensa¬ 
miento, en el sentimiento, en lo profundamente huma¬ 
no. Concuerdan todos en la protesta contra la injusticia. 


— 10 — 



Se ha coleccionado en este volumen un pequeño nú¬ 
mero de cuentos como podrían reunirse docenas y cen¬ 
tenares de magníficas obras literarias que justificarían 
más y más el título de Dinamita Cerebral, inventado 
por José Llunas, antiguo internacional y editor del se¬ 
manario catalán La Tramontana, como oposición a la 
violencia sistemática de los dinamiteros. 

El arte es revolucionario, el pensamiento es revolu¬ 
cionario, el corazón del hombre es revolucionario; y así 
será mientras la tiranía sea monstruosa, mientras se 
funde en el error y mientras sus obras sean malvadas e 
injustas, que es como decir mientras la tiranía exista en 
cualquiera de sus formas. 

Si en algo han contribuido a la gran obra de la eman¬ 
cipación integral humana y al esclarecimiento de las 
conciencias, quedarán satisfechos los que publican este 
libro buscando más la divulgación de las ideas que los 
materiales beneficios. 


Juan Mir 


— 11 — 



ÉMILE ZOLA 

¡Sin trabajo! 

P or la mañana, cuando los obreros llegan al taller, en- 
cuéntranlo frío, como obscurecido con la tristeza que 
se desprende de una ruina. En el fondo de la sala princi¬ 
pal, la máquina está silenciosa, con sus brazos delgados, 
sus ruedas inmóviles; y ella, cuyo soplo y movimiento 
animan habitualmente toda la casa, con los latidos de 
su corazón de gigante, incansable en la faena, agrega al 
conjunto una melancolía más. 

El amo baja de su despacho y con aire de tristeza dice 
a sus obreros: 

—Hijos míos, hoy no hay trabajo... Ya no vienen pe¬ 
didos, de todas partes recibo contraórdenes, voy a que¬ 
darme con las existencias entre las manos. Este mes de 
diciembre, con el cual contaba, este mes que otros años 
es de tanto trabajo, amenaza arruinar las casas más fuer¬ 
tes... Es preciso suspenderlo todo. 

Y al ver que los obreros se miran unos a otros, con el 
espanto que les imbuye la idea de volver a casa, con el 
miedo del hambre que les amenaza para el día siguien¬ 
te, añade en voz más baja: 

—No soy egoísta, no, os lo juro... Mi situación es tan te¬ 
rrible, más terrible tal vez que la vuestra. En ocho días he 
perdido cincuenta mil pesetas. Hoy paro el trabajo para no 
ahondar más la sima; ni siquiera tengo los primeros cinco 
céntimos de la suma que necesito para mis vencimientos 
del 15. Ya lo veis, os hablo como un amigo, nada os ocul- 


— 12 — 



to. Tal vez mañana mismo vengan a embargarme. No es 
nuestra la culpa, ¡no es cierto! Hemos luchado hasta última 
hora. Hubiera querido ayudaros a pasar días de apuro; pero 
todo ha acabado, estoy hundido; no tengo ya ni un pedazo 
de pan para partirlo. 

Después les tiende la mano. Los obreros se la estre¬ 
chan silenciosamente. Y durante algunos minutos per¬ 
manecen allí, mirando sus herramientas inútiles, con 
los puños cerrados. Otros días, desde el amanecer, las 
limas cantaban, los martillos marcaban el ritmo; y todo 
aquello parece que duerme ya en el polvo de la quie¬ 
bra. Son veinte, son treinta familias que no tendrán qué 
comer la semana próxima. 

Algunas mujeres que trabajan en la fábrica sienten las 
lágrimas humedecerles los ojos. Los hombres quieren 
aparecer más resueltos. Se hacen los valientes, diciendo 
que la gente no se muere de hambre en París. Luego, 
cuando el amo los deja y le ven alejarse, encorvado en 
ocho días, abrumado tal vez por un desastre de mayo¬ 
res proporciones que las confesadas por él, van saliendo 
uno por uno, ahogados por la angustia, con el corazón 
oprimido, como si salieran del cuarto de un muerto. El 
muerto es el trabajo, es la máquina grande que perma¬ 
nece muda y cuyo esqueleto se destaca siniestro en la 
sombra. 


11 

El obrero está fuera de su casa, en la calle, en medio 
del arroyo. Ha paseado las aceras durante ocho días sin 
encontrar trabajo. De puerta en puerta ha ido ofrecien¬ 
do sus brazos, sus manos, ofreciéndose él en cuerpo y 
alma para cualquier faena, para la más repugnante, la 
más dura, la más nociva. Y todas las puertas se han ce¬ 
rrado. 


— 13 — 



Entonces se ofreció a trabajar por la mitad del jor¬ 
nal; pero las puertas permanecieron cerradas. Aunque 
trabajase de balde no se le podría admitir. Es la para¬ 
lización del trabajo, la terrible paralización que toca a 
muerto para los que habitan en las buhardillas. El páni¬ 
co ha parado las industrias, y el dinero, cobarde, se ha 
escondido. 

Al cabo de ocho días todo ha concluido. El obrero ha 
hecho una tentativa suprema y ahora vuelve con paso 
tardo, con las manos vacías, abrumado de miseria. La 
lluvia cae; aquella tarde, París, inundado de barro, apa¬ 
rece fúnebre. El hombre va andando, recibiendo el cha¬ 
parrón sin sentirlo, no oyendo más que su hambre y 
deteniéndose para llegar menos pronto. Inclínase sobre 
el parapeto del Sena: el río, cuyo caudal ha aumenta¬ 
do, corre con un rumor prolongado; la espuma blanca 
se desgarra en salpicaduras en uno de los tramos del 
puente. Inclínase más, la colosal riada pasa debajo de 
él lanzándole un llamamiento furioso. Después, piensa 
que sería una cobardía y se va. 

La lluvia ha cesado. El gas flamea en los escaparates 
de las joyerías. Si rompiese un cristal, tomaría pan para 
algunos años con abrir y cerrar la mano. Las cocinas de 
los restaurants se encienden; y detrás de las cortinas 
de muselina blanca, ve gentes que comen. Apresura el 
paso, vuelve a subir a los barrios extremos, encontrando 
en el camino las asadurías y pastelerías del todo París 
comilón, que se exhibe a las horas del hambre. 

Como la mujer y la pequeña lloraban por la mañana, 
les ofreció llevarles pan por la tarde. No se ha atrevido 
a decirles que había mentido, antes de que anochecie¬ 
se. Al ir andando, pregúntase cómo entrará y qué les 
contestará para que tengan paciencia. Sin embargo, no 
pueden permanecer más tiempo sin comer. Él probaría 
aún, pero la mujer y la pequeña son muy débiles. 


— 14 — 



Un momento se le ocurre pedir limosna; pero cuando 
una señora o un caballero pasan a su lado y él intenta 
alargar la mano, su brazo se paraliza y la voz se ahoga 
en su garganta. Entonces permanece plantado en la 
acera, mientras los transeúntes adinerados le vuelven la 
espalda, creyéndolo borracho, al ver su feroz semblante 
de hambriento. 


111 

La mujer del obrero ha bajado a la puerta de la calle, 
dejando arriba a la niña dormida. La mujer es muy del¬ 
gada; lleva un vestido de percal. El viento helado de la 
calle la hace tiritar. 

Ya no le queda nada en casa: todo lo llevó al Monte¬ 
pío. Ocho días sin trabajo bastan para vaciar una casa. 
La víspera vendió a un trapero el último puñado de lana 
de su colchón: el colchón se fue así; ahora no queda 
más que la tela. Allá arriba la colgó delante de la venta¬ 
na, para impedir que entre el aire, porque la niña tose 
mucho. 

Sin decir nada a su marido, ella también ha buscado 
por su parte. Pero la falta de trabajo ha alcanzado con 
más dureza a las mujeres que a los hombres. En la me¬ 
seta de su cuarto oye a unas desgraciadas que lloran 
durante la noche. Encontró una de pie en el rincón de 
una calle; otra ha muerto; otra ha desaparecido. 

Afortunadamente, ella tiene un buen hombre, un ma¬ 
rido que no bebe. Vivirían sin apuros si la falta de tra¬ 
bajo no les hubiese despojado de todo. Ha agotado el 
crédito: debe al panadero, al especiero, a la frutera y ya 
ni siquiera se atreve a pasar delante de las tiendas. Por 
la tarde fue a casa de su hermana a pedirle una peseta 
prestada, pero allí encontró también tal miseria, que se 
echó a llorar, sin decir nada, y las dos, su hermana y 
ella, estuvieron llorando mucho tiempo. Luego, al mar- 


— 15 — 



charse, la ofreció llevarle un pedazo de pan si su marido 
volvía con algo. 

El marido no vuelve. La lluvia cae; la mujer se refugia 
en la puerta; grandes gotas de agua caen a sus pies; un 
polvillo de agua atraviesa su falda. A ratos se impacien¬ 
ta, se echa fuera a pesar de la lluvia, va hasta el final de 
la calle para ver si ve a lo lejos al que espera. Y cuando 
vuelve, toda mojada, pasa la mano por sus cabellos para 
escurrir el agua; aun cobra paciencia, sacudida por cor¬ 
tos escalofríos de fiebre. 

Los transeúntes al ir y venir la codean y la pobre 
mujer se encoje cuanto puede para no molestar a nadie. 
Los hombres la miran frente a frente y a ratos siente 
alientos calientes que la rozan el cuello. Todo el París 
sospechoso, la calle con su lodo, sus claridades crudas y 
el rodar de los coches, parecen querer cogerla y arrojar¬ 
la al arroyo. Tiene hambre, pertenece a todo el mundo. 
Enfrente hay un panadero, y la pobre mujer piensa en 
la pequeña que duerme arriba. 

Después, cuando al fin el marido aparece, rozando 
como un miserable las paredes de las casas, se precipita 
a su encuentro, y le mira ansiosamente. 

—¿Qué hay? —dice balbuceando. 

En vez de contestar, el obrero baja la cabeza. Enton¬ 
ces, la mujer sube la primera, pálida como una muerta. 


IV 

Arriba la pequeña no duerme. Se ha despertado, y 
está pensando enfrente de un cabo de vela que se extin¬ 
gue en un extremo de la mesa. Y no se sabe qué pensa¬ 
miento terrible y doloroso pasa sobre la faz de aquella 
chicuela de siete años, con rasgos serios y marchitos de 
mujer hecha. 


— 16 — 



Está sentada sobre el borde del cofre que le sirve de 
cama. Sus pies desnudos tiemblan de frío, sus manos de 
muñeca enfermiza aprietan contra el pecho los trapos 
con que se cubre. Siente allí una quemadura, un fuego 
que quisiera apagar. Está pensando. 

Nunca ha tenido juguetes. No puede ir a la escuela 
porque no tiene zapatos. Recuerda que cuando era más 
pequeña su madre la llevaba a tomar el sol. Pero aque¬ 
llo está lejos. Fue preciso mudar de habitación, y desde 
aquella época le parece que un gran frío sopló dentro 
de su casa. Desde entonces nunca ha estado contenta; 
siempre ha tenido hambre. 

Es una cosa profunda en la cual penetra sin poder 
comprenderla. Pues qué, ¿todo el mundo tiene ham¬ 
bre? Ha procurado, sin embargo, acostumbrarse a eso, 
pero no ha podido. Piensa que es demasiado pequeña y 
que es preciso ser grande para saber. La madre sabe, sin 
duda, esa cosa que se oculta a los niños. Si se atreviese, 
preguntaría quién nos trae así al mundo para que se 
tenga hambre. 

¡Luego, en su casa todo es tan feo! Mira la ventana, 
donde el viento sacude la tela del colchón, las paredes 
desnudas, los muebles rotos, toda aquella vergüenza de 
buhardilla, que la falta de trabajo ensucia con su deses¬ 
peración. 

Imagina haber soñado con habitaciones bien calien¬ 
tes, en las que había cosas que relucían; cierra los ojos 
para volverlas a ver, y a través de sus párpados adelga¬ 
zados, la llama de la vela se convierte en un gran res¬ 
plandor de oro, en el que desearía entrar. Pero el viento 
sopla y por la ventana llega una corriente tan fuerte de 
aire que la produce un acceso de tos. La niña tiene los 
ojos llenos de lágrimas. 

Antes tenía miedo cuando la dejaban sola; ahora no 
sabe, lo mismo le da. Como no se ha comido desde la 
víspera, cree que su madre ha bajado a buscar pan. En- 


— 17 — 



tonces esta idea la divierte. Cortará su pan en pedazos 
pequeñitos, los irá cogiendo despacio, uno por uno. Ju¬ 
gará con su pan. 

La madre ha vuelto, el padre ha cerrado la puerta. La 
niña les mira las manos a los dos, muy sorprendida. Y, 
como nada dicen, al cabo de un momento la pequeña 
repite con tono de canturria: 

—Tengo hambre, tengo hambre. 

El padre, en un rincón, se ha cogido la cabeza entre los 
puños; allí permanece abrumado, sacudidas las espal¬ 
das por desgarradores y silenciosos gemidos. La madre, 
conteniendo sus lágrimas, acuesta la pequeña. La tapa 
con todos los andrajos que hay en la casa; le dice que 
sea buena, que duerma. Pero la niña, a la que el frío 
hace dar diente con diente y que siente el fuego de su 
pecho quemarla con más fuerza, se hace atrevida. Se 
cuelga del cuello de su madre y muy quedito: 

—Di, mamá —le pregunta—, pero, ¿por qué tenemos 
hambre? 


— 18 — 



MAGDALENA VERNET 


Los dos hacendados 

E n cierto país de América vivían dos hacendados in¬ 
mensamente ricos cuyas propiedades vastísimas co¬ 
lindaban. El uno cultivaba la caña de azúcar; el otro, el 
café. Sus plantaciones eran soberbias y magníficamente 
cuidadas por esclavos negros. 

La ley de aquel país prohibía a los amos de esclavos 
que vendieran las crías de sus negros y que se desem¬ 
barazasen de sus servidores bajo pretexto de vejez. Al 
comprar un esclavo, el amo venía obligado a conservar¬ 
lo hasta que muriese. El dominio de cada colono forma¬ 
ba de esta suerte un pequeño Estado. 

Pero sucedió que un día el hacendado del café y el 
hacendado de la caña de azúcar notaron que aumentaba 
siempre el personal que tenían que alimentar, sin ob¬ 
tener por esto más abundantes cosechas. Había, pues, 
exceso de gastos y disminución de beneficios. 

Los dos llegaron a estar pensativos. 

s¡. s¡. s¡. 

El hacendado del café tuvo una idea: aumentó la tari¬ 
fa de los productos. 

—De este modo —pensaba—, cubriré la diferencia. 

Y jugando a las cartas con su vecino, el hacendado de 
la caña de azúcar, le confió su remedio. 

—Es excelente —dijo el otro—; yo voy a imitaros. 


— 19 — 



Ambos elevaron los precios de sus mercancías; pero 
como todos los Estados de América no estaban someti¬ 
dos a la misma ley, los otros productores no aumenta¬ 
ron los precios y nuestros dos hacendados no pudieron 
vender sus cosechas. 

Hubieron de resignarse a vender al precio del merca¬ 
do, como los otros, y se debatían los sesos para hallar 
otro remedio. 

A su vez, el hacendado de la caña de azúcar tuvo una 
ocurrencia. 

—Reduzcamos la alimentación de nuestra gente. 

—¡Eureka! —gritó el vecino. 

Los alimentos fueron reducidos. Se los redujo hasta lo 
estrictamente necesario para la vida. 

Pero también esta vez el resultado fue malo: los ne¬ 
gros, mal alimentados, se rendían y el trabajo se resen¬ 
tía de ello. De suerte que, si había una disminución de 
gastos, había también disminución de beneficios. 

Se ensayó entonces persuadir a los negros que no se 
juntasen con sus compañeras, que no tuviesen hijos, 
hasta se rodearon sus uniones de una serie de compli¬ 
caciones y dificultades. Pero los infelices —no tenien¬ 
do otro placer, como decían—, querían, a pesar de todo, 
tener una mujer y tenían hijos. 

La situación era siempre mala. Y hasta se agravaba. 
Maltratados, mal alimentados, los negros comenzaban a 
murmurar y cruzaban por sus cerebros veleidades de re¬ 
beldía. Los dos hacendados veían con terror aproximar¬ 
se la hora de una insurrección. ¿Qué sucedería? ¿Serían 
los negros capaces de apoderarse de todas las riquezas 
que su trabajo había producido? 

Era necesario a todo trance conjurar el peligro. Los 
dos hacendados se reunieron y, después de jugar otra 
partida, con acompañamiento de tazas de excelente 
moka —con el café del uno y el azúcar del otro—, con¬ 
vinieron en un tercer remedio, que calificaron de infa- 


— 20 — 



lible. Así, restablecida su tranquilidad, se despidieron 
con un apretón de manos. 

s¡. s¡. s¡. 

Al día siguiente, visitando el límite de su propiedad, 
el hacendado del café notó que las cañas de azúcar se 
habían apoderado de una faja de terreno que, según él 
declaraba, le pertenecía. 

En seguida, envió una delegación de negros a reque¬ 
rir a su vecino, que vino escoltado por una delegación 
de los suyos. 

—Este es el caso —dijo en tono agrio el hacendado del 
café—, vuestras cañas invaden mi terreno. 

—Perdonad —replicó el otro no en tono menos acer¬ 
bo—, ese terreno me pertenece. 

—Nunca: mirad dónde están los jalones. 

—Señor mío, los límites han sido cambiados y yo os 
acuso de haberlos trasladado para buscarme querella. 

—Mis fieles amigos —dijo entonces el hacendado del 
café volviéndose a sus negros—, yo os tomo por testigos 
del insulto que se me acaba de hacer. 

—Y vosotros, mis buenos camaradas —dijo el otro ha¬ 
cendado a sus esclavos—, yo os ruego que hagáis cons¬ 
tar que los jalones han sido cambiados de lugar. 

—Está bien, señor —replicó el insultado—, tendréis 
que darme la razón bien pronto. 

—No os temo —respondió con altivez el hacendado de 
las cañas. 

Ambos se saludaron inflexibles y se alejaron seguidos 
de sus delegaciones de negros, muy contentos y orgu¬ 
llosos por haber sido tratados por sus amos de fieles 
amigos y de buenos camaradas. 

Por la noche, en las humildes cabañas negras de las 
dos plantaciones, los esclavos —muy sobreexcitados por 
un vaso de ron, muy generosamente distribuido— no se 


— 21 — 



hablaba más que de honor ofendido, de honor a vengar, 
de dignidad herida, etc. 

—Hay que vengar al amo —decían. 

—Estamos prestos a morir por el buen amo —encare¬ 
cían los más sentimentales. 

Y los dos hacendados, habiendo salido a dar un paseo 
a la sordina por detrás de las miserables barracas, re¬ 
ventaban de risa, al pensar cuan buen remedio habían 
hallado por fin. 


s¡. s¡. s¡. 

A la mañana siguiente, el hacendado del café envió la 
delegación de sus negros a declarar la guerra a su veci¬ 
no el hacendado de la caña de azúcar. 

—Sobre todo, mis fieles amigos —dijo—, nada de con¬ 
cesiones. Hemos sido ofendidos y hay que lavar la inju¬ 
ria. 

— ¡Oh! Amo quedar tranquilo —respondieron los 
buenos negros—. Nosotros querer morir por vengar el 
honor del amo. 

Por su parte, el hacendado de la caña había recomen¬ 
dado a sus buenos camaradas esclavos que no hiciesen 
concesiones y estuviesen muy firmes. 

—¡Demostrad que sois hombres! —declamaba con un 
tono soberbio. 

Llenos de orgullo por este calificativo de hombres, 
ellos a quienes se acostumbraba a tratar como perros, 
los negros del segundo hacendado recibieron muy mal 
a sus congéneres vecinos. Les maltrataron, les llamaron 
bandidos y ladrones —fueron hombres, en fin, por el 
odio y la violencia— y la guerra fue declarada. 


— 22 — 



Al día siguiente, todo había terminado. En las dos 
plantaciones, las tres cuartas partes de los negros esta¬ 
ban muertos, tendidos sobre el suelo. Se habían batido 
con horcas, con azadones y con hachas. Algunas negras 
habían querido mezclarse y sus cadáveres yacían junto a 
los de sus compañeros. Otras negras, arrodilladas sobre 
el campo de matanza, lloraban silenciosamente, apre¬ 
tando en sus brazos pequeños negritos. 

En el dominio del vencedor —el hacendado del café—, 
una negra, sin embargo, no lloraba. Feroz, miraba a su 
muchacho, muerto, a sus pies, y a su hombre herido, 
sentado en un banco, cerca de ella. 

Pasó el amo. 

—¡Miserable! —gritó la negra—; tú haber matado mi 
hijo. 

—Es una gran desgracia —dijo el amo con dulzura—; 
pero debes consolarte, mi pobre vieja, pensando que 
hemos conseguido la victoria. 

—Tú tener la victoria, nosotros no —replicó la vieja, 
con ira—; nosotros quedar esclavos, como antes. 

—Pero hemos vengado nuestro honor ofendido, de¬ 
claró todavía el amo. 

El viejo esclavo herido se levantó: 

—Tú nos has burlado con tu honor. Tú ser un asesino. 

—Sí, tú ser un asesino —repitió la negra. Algunos so¬ 
brevivientes se habían aproximado. El amo pudo leer 
en sus rostros que les hacían efecto las palabras de sus 
compañeros. Otra vez sintió la insurrección muy próxi¬ 
ma. A todo trance había que producir una reacción para 
prevenir la rebelión. 

—Y vosotros sois ingratos y traidores —dijo con tono 
de juez—, y merecéis la muerte de los traidores. 

Tiró del revólver, disparó dos veces y los dos esposos 
negros cayeron sobre el cadáver de su hijo. 


— 23 — 



En seguida, los que habían asistido a esta escena, lle¬ 
nos a la vez de miedo y de admiración, cayeron de ro¬ 
dillas. 

—¡Oh, amo! —dijeron—, ¡buen amo! 

—Levantóos —les dijo éste—. Durante ocho días no 
trabajaréis. Haced hermosos funerales a vuestros cama- 
radas, gloriosamente muertos por el honor de nuestro 
dominio. Yo os prometo levantar un bello monumento 
sobre su tumba. 

Los negros se levantaron, satisfechos de pertenecer a 
un hombre tan generoso. Hicieron hermosos funerales 
a sus muertos, entonaron cantos de victoria y bebie¬ 
ron ron; después, al cabo de ocho días, emprendieron de 
nuevo su penoso trabajo de esclavos. 

s¡. s¡. s¡. 

En la plantación vecina las cosas ocurrieron con algu¬ 
na diferencia. Habían sido vencidos. 

El hacendado de las cañas de azúcar condujo a los so¬ 
brevivientes negros al campo de batalla. 

—Mirad —dijo señalándoles la faja de terreno que 
había tenido que abandonar, con las cañas, a su vecino 
vencedor—; mirad, se nos ha despojado. Os habéis por¬ 
tado como valientes, pero la fatalidad ha sido en contra 
nuestra. 

—Buen amo —declararon los negros—, nosotros ven¬ 
gar un día nuestros camaradas muertos. 

—Sí, amigos míos; tomaremos nuestra revancha cuan¬ 
do el momento sea propicio. Entre tanto, haced hermo¬ 
sos funerales a vuestros hermanos y no olvidéis que su 
sangre clama venganza. 

Y los negros sobrevivientes, extendiendo la mano 
sobre los cadáveres, juraron preparar la revancha. Hi¬ 
cieron hermosos funerales a sus muertos, entonaron 
cánticos feroces de venganza y bebieron ron para ol- 


— 24 — 



vidar la derrota; después emprendieron de nuevo, tam¬ 
bién, su duro trabajo de esclavos. 

s¡. s¡. s¡. 

Desde entonces, los dos hacendados ya no tienen in¬ 
quietudes. Cuando sus esclavos vienen a ser demasiado 
numerosos, cuando temen una rebelión de sus negros, 
o cuando necesitan hacerse temer, se ponen de acuerdo 
mientras juegan a las cartas y, con pretexto de la faja 
de terreno a defender o a reconquistar, o con pretexto 
de vengar los muertos, lanzan uno contra otro los dos 
rebaños de negros, que han acabado por calificarse mu¬ 
tuamente de enemigos y se matan sin piedad. 

Esto siempre tiene éxito. Y siempre también después 
de cada batalla, los dos hacendados, saboreando una 
taza de excelente moka —con el café del uno y el azúcar 
del otro—, se felicitan de haber hallado por fin el gran 
remedio. 


— 25 — 



A. STRINDBERG 


El culto de la verdad 

~p^n casa de Johan se profesaba el culto de la verdad. 

—Decid siempre la verdad suceda lo que suceda —re¬ 
petía con frecuencia el padre, y contaba una historia 
que le había sucedido. 

En cierta ocasión, había prometido a uno de sus clien¬ 
tes enviarle el mismo día un objeto que había comprado. 
Lo olvidó y habría podido invocar una razón cualquiera; 
pero cuando el cliente, furioso, acudió a la tienda y le 
dirigió reproches groseros, el padre respondió recono¬ 
ciendo humildemente su olvido, pidió perdón y declaró 
querer compensar los perjuicios. 

Sentido moral: el cliente asombrado, le tiende la mano 
y demuestra su estimación. (Nos parece, sin embargo, 
que los mercaderes no deberían mostrarse tan meticu¬ 
losos entre sí.) 

El padre era inteligente y, como todos los viejos, esta¬ 
ba seguro de sus afirmaciones. 

Johan, que jamás estaba inactivo, había hecho un des¬ 
cubrimiento: se podía emplear el tiempo en ir a la es¬ 
cuela y a la vez enriquecerse... Un día encontró sobre 
la acera de la Puerta de los Holandeses una tuerca y se 
regocijó, porque con un cordel hizo una honda. Desde 
entonces marchaba siempre por en medio de la calle, 
recogiendo todos los pedazos de hierro que encontraba. 
Como las puertas ajustaban mal y los pesados carros no 


— 26 — 



estaban defendidos, los hierros eran cruelmente mal¬ 
tratados. Por esto, un peatón atento estaba seguro de 
hallar cada día un par de clavos, un perno, al menos 
una tuerca, y aun a veces una herradura. Johan pensaba 
sobre todo en las tuercas e hizo de ellas su especialidad. 
En un mes había llenado casi una cuarta parte de un 
tonel. 

Estaba un día divirtiéndose en su cuarto, cuando entró 
su padre interrogándole duramente: 

—¿Qué es eso que tienes aquí? —dijo el padre abrien¬ 
do mucho los ojos. 

—Son tuercas —respondió Johan tranquilamente. 

—¿Quién te las ha dado? 

—Las he recogido. 

—¿Recogido? ¿Dónde? 

—Bajo la puerta. 

—¿En un solo sitio? 

—No, en varios sitios; por la calle a menudo se en¬ 
cuentran. 

—No... ¡A mí no me engañas! Tú mientes... Ven acá 
que he de hablarte... 

Y, efectivamente, le habló con un bastón. 

—¿Lo declararás, ahora? 

—Las he recogido en la calle. 

Y fue torturado hasta que declaró. 

¿Qué iba a declarar? El dolor y el miedo de que no 
acabase aquella escena fue causa de que mintiese. 

—Las he robado —se apresuró a decir Johan. 

—¿Dónde? 

Claro está que no sabía en qué parte de los carros 
había tuercas, pero supuso que las habría. 

—Debajo de los carros —añadió con seguridad. 

—¿Dónde? 

Su imaginación evocó un lugar donde había muchos 
carros. 


— 27 — 



—Cerca de una construcción que está frente a la calle 
Smedgaard. 

Haber especificado la calle hacía la cosa verosímil. El 
viejo estaba ya seguro de haberle arrancado la verdad. 

Entonces siguieron estas reflexiones: 

—¿Cómo has podido tomarlas con los dedos? 

El chico no había pensado en esto; pero, viendo el 
armario donde guardaba su padre las herramientas, de 
repente contestó. 

—Con un destornillador. 

Sabido es que las tuercas no se pueden sacar con un 
destornillador; pero la imaginación del padre estaba en 
acción y se dejó engañar. 

—Pero, ¡esto es horrible! ¡Tú eres un ladrón! —Y súbi¬ 
tamente se le ocurrió llamar a la policía. 

Johan pensó en tranquilizar a su padre, haciéndole 
ver que todo lo que había dicho era mentira, pero ante 
la perspectiva de continuar siendo maltratado, renun¬ 
ció a su intento. 

Vino la noche, y al acostarse y cuando su madre se 
le acercó para hacerle rezar, Johan, en actitud patética, 
exclamó: 

—Yo no he robado las tuercas; ¡el diablo lo sabe! 

La madre le miró un rato y, reconviniéndole, le dijo: 

—No se ha de jurar de este modo. 

El castigo corporal le había humillado, deshonrado; 
estaba furioso contra Dios, contra sus padres y sobre 
todo contra sus hermanos, que no habían atestiguado 
en su favor, por más que ya sabían de qué se trataba. 

Johan no rezó aquella noche; pero deseó que hubiese 
un incendio sin tener necesidad de aplicar un fósforo. 


— 28 — 



HENRIK PONTOPPIDAN 


El nido del águila 

(Leyenda danesa) 

C ayendo a plomo sobre un pequeño pueblo, alzába¬ 
se en la azulada atmósfera un abrupto peñasco, tan 
alto y desnudo, que ningún pie humano pudo alcanzar 
su cúspide, y donde una familia de águilas había cons¬ 
truido su nido. Sobre este nido Bjornstjerne Bjorson ha 
escrito una historia; pero como la he oído contar algo 
diferente, a mi vez, la traslado al papel. Escuchad: 

Sobre la cima de este peñasco —repito— una fami¬ 
lia de águilas había construido su nido, y desde lejanos 
tiempos, tantos como pueda recordar la memoria de los 
hombres, las águilas habían sido el terror de la comarca. 

Tan pronto caían sobre las cabras y ovejas que tran¬ 
quilamente ramoneaban la hierba de los lejanos pra¬ 
dos, como picoteaban los ojos de los pastores que, con 
sus palos, intentaban defender sus rebaños. Sí; a veces, 
hasta se apoderaban de los niños mientras jugueteaban 
en la plaza del pueblo; levantábanlos suspendidos en 
sus garras, más alto que la cima del peñasco, para desde 
allí lanzarlos y destrozarlos en su caída. 

Los audaces jóvenes del país soñaban siempre con el 
noble propósito de escalar el peñasco para arrojar del 
nido a los rapaces y volver la tranquilidad al pueblo. 



Desde la infancia ejercitábanse en encaramarse por las 
paredes del peñasco y a esto se debía que no se encon¬ 
trara por los alrededores otros hombres tan audaces y 
atrevidos como ellos. Era rarísimo quien pasara de los 
veinte años sin que hubiese tentado el peligroso escalo 
del nido del águila, pues nadie los hubiera considerado 
hombres, ni ellos se habrían atrevido a cortejar de noche 
una muchacha sin haber probado su valentía contra el 
invencible enemigo. 

Y, sin embargo, ninguno de ellos logró poner su mano 
en el nefasto nido. Algunos llegaban hasta el primer sa¬ 
liente del peñasco; pero, una vez en él, se apoderaba el 
vértigo al contemplar bajo sus pies la aguda flecha del 
campanario del pueblo irguiéndose en el azul como el 
hierro de una lanza. Otros llegaron hasta la segunda 
aspereza, casi a la mitad del camino pero, al querer tras¬ 
pasarla, las capas pizarrosas se desmenuzaban bajo sus 
pies, y con celeridad vertiginosa resbalaban a lo largo 
de la abrupta roca, rechazados, rotos sus huesos y hen¬ 
dido el cráneo. Uno sólo alcanzó un día la tercera an¬ 
fractuosidad pero, una vez en ella, cayó de improviso de 
espaldas, como repelido por invisible mano. Cual pájaro 
herido, atravesó el aire, desgarrándolo con ronco grito, 
rebotó de roca en roca y rodó, en fin, despedazado, en 
medio del pueblo. 

Por esta época, un nuevo párroco llegó a la comarca, 
y cuando se enteró de la loca lucha emprendida por los 
habitantes contra las águilas, comenzó desde el púlpito 
a fulminar sus rayos contra aquel insensato juego de 
vida o muerte. 

—Es tentar a Dios —exclamó— el cual, en su sabidu¬ 
ría, ha puesto límites al poder del hombre, límites que 
nadie puede traspasar sin ser castigado —y, señalando 
el nido, añadió que Dios mismo lo había emplazado tan 
alto como señal evidente de que hay cosas que desa¬ 
fían todos los esfuerzos humanos—. ¡Pues saludable es 


— 30 — 



que siempre haya alguna —decía— que el pueblo jamás 
pueda alcanzar! 

Entre los ancianos del lugar, el sermón del cura cayó 
en terreno abonado; pues no había casa que no conta¬ 
ra con un hijo estropeado, ni familia que no llorase la 
pérdida del consuelo y apoyo a su vejez. No obstante, 
parecía como si la abrupta cima les atrajese con irresis¬ 
tible pujanza; pues corría ya de boca en boca la noticia 
de que, al siguiente, domingo, un joven de 18 años, hijo 
único de una pobre viuda, intentaría el arriesgado esca¬ 
lo. 

En la grande plaza de la iglesia, a la hora fijada, los 
habitantes del pueblo, reunidos, hablaban bajo, contem¬ 
plando a través de las veraniegas nieblas, las paredes de 
la roca en que el joven había llegado al primer saliente. 
Éste, ni siquiera se detuvo; quitóse el sombrero, y lan¬ 
zando con todas las fuerzas de sus pulmones un grito de 
esperanza, saludó a su madre, que, desgreñada y sollo¬ 
zando, arrodillada al pie del peñasco, tendíale sus bra¬ 
zos. Al alcanzar la segunda aspereza, sentóse el joven y, 
mientras se enjugaba el sudor, midió con ojo certero la 
distancia que le separaba del final del camino. 

Todas las miradas se fijaron en él, cuando un instante 
después se le vio estrechar el cinturón y, con la lenti¬ 
tud de un gato, avanzar de nuevo, ayudándose con las 
manos, puesto que el peñasco, desgastado por las he¬ 
ladas del invierno, volvíase cada vez más perpendicu¬ 
lar. A cada tentativa de avance resbalaba; y los viejos 
bajaban la cabeza, mirando con ojos de compasión a la 
madre desvanecida en medio de un corro de mujeres. 

—Esto acabará mal —murmuraban acercándose unos 
a otros—. ¡Es demasiado joven! ¡Y demasiado atrevido! 

En una pequeña elevación del terreno, una joven de 
rubia cabellera, aislada de todos, con su corpiño encar¬ 
nado, contemplaba la escena cruzadas sus dos manos a 
la espalda. Varias mujeres del pueblo, al pasar cerca, la 


— 31 — 



miraban con torva, ceñuda faz, al saber que era la novia 
del audaz joven y precisamente la que le había pedido 
aquella prueba de su valentía y de su cariño. Indiferente 
a la ansiedad general y a la indignación que la rodeaba, 
seguía con la vista, sonriente, a su prometido, suspen¬ 
dido entre el cielo y la tierra; y en su linda cara, tersa 
y acarminada, leíase la certeza de que sería su novio el 
que lograra alcanzar lo que otro no pudiera obtener. 

De pronto, un grito partió de la asamblea. Subiendo 
rápidamente en zig-zag, el joven acababa de alcanzar 
la tercera y última saliente. Pero sus fuerzas parecían 
agotadas. A pesar de que no semejaba más grande que 
una mosca, pudo distinguírsele agarrado aún a la roca. 

El que poseía mejor vista de los del lugar, un hombre 
rodeado de un grupo ansioso, dijo sacudiendo triste¬ 
mente la cabeza: 

—No volverá vivo. Está más blanco que la cal y tiene 
las manos ensangrentadas. 

Silencio general se impuso. El joven erguíase de nuevo 
y el hombre citado viole como se estrechaba aún más 
el cinturón, examinando las paredes rocosas que ante 
él tenía, perpendiculares entonces hasta llegar al nido. 
Viósele buscar a tientas apoyo para sus manos y pies... 
Un estremecimiento sacudió dolorosamente a todos: ¡el 
joven resbalaba! 

Gruesas piedras destacáronse del peñasco, rodando 
ruidosas a lo largo de las rocas... 

—Todo acabó para él —pensaron algunos; otros, en su 
emoción, dijéronlo en alta voz. 

Pero, vivamente, el atrevido cogióse con sus dos manos 
a una hendidura de la roca y se retuvo agazapado hasta 
que sus pies encontraron nuevo apoyo. Y lentamente, 
con precaución, avanzó... 

Minutos parecidos a siglos transcurrieron, durante 
los cuales los espectadores reunidos mirábanse unos 
a otros espantados, pues la sombra proyectada por la 


— 32 — 



cima ocultó a sus ojos asombrados el audaz joven. ¡Tal 
vez había caído! De improviso estalló un clamoreo ge¬ 
neral. Viéronle sobre la cima de la roca, destacándose 
en el claro azul del cielo. 

En aquel momento, las águilas, muy lentamen¬ 
te, atravesaban los aires pero el joven, con un rápido 
movimiento, cogió las ramas del nido y nido y hue¬ 
vos cayeron precipitados de lo alto de la roca en las 
profundidades peñascosas. Las águilas, aterrorizadas, 
interrumpieron su vuelo; después, las dos, arrojan-do 
agudos chillidos y con rápido y ruidoso batir de alas, 
volaron de nuevo, desapareciendo a lo lejos... 

Y en la pradera los gritos de contento hendían la at¬ 
mósfera de tal modo como jamás desde tiempos inme¬ 
moriales se habían oído. Solamente el párroco se retiró 
silencioso y cabizbajo. 

“Sólo él no podía comprender aquello...” 

¡Y es que no hay nada en el mundo, por alto que sea, 
que la voluntad tenaz y firme de un pueblo no pueda 
alcanzar un día! 


— 33 — 



FRANCISCO Pl Y MARGALL 


El hurto 


—¿Qué ocurre? 

—Acaban de robarme una boquilla de ámbar que tenía 
sobre la mesa. 

—¿Conoces al ladrón? 

—Debió de ser uno que me refirió hace poco la mar de 
desventuras y terminó por pedirme una limosna. 

—¿Se la diste? 

—No; no me inspiran lástima hombres que pordio¬ 
sean pudiendo vivir de su trabajo. 

—¿Sabes que lo tiene? 

—Se quejó de no haber encontrado hace tiempo en 
qué emplear sus fuerzas. ¿Vas a creerle? 

—¿Por qué no? Están llenas las calles de jornaleros 
que huelgan. 

—Los malos. 

—Y los buenos. La crisis es grande. No se edifica y so¬ 
bran mi l lones de brazos. 

—La crisis no autoriza el hurto. 

—No lo autoriza, pero exige de la sociedad que so¬ 
corra al que muere de hambre. Se estremece la tierra y 
vienen a ruina casas y pueblos; saltan de sus márgenes 
los ríos e inundan los valles. Suena al punto un clamo¬ 
reo general porque se corra en ayuda de los que pade¬ 
cieron por la inundación o el terremoto. ¿Por qué ha de 
permanecer muda la sociedad ante los dolores de los 


— 34 — 



que sufren, en apagados hogares y míseros tugurios, las 
consecuencias de crisis que no provocaron? 

—Tratas en vano de disculpar el hurto; consentirlo es 
ya un crimen. No puede blasonar de cultura la nación 
donde la confianza falta y la propiedad peligra. 

—¿Qué harás entonces con tu presunto hurtador? 

—No haré, hice. Mandé que le detuvieran y le llevarán 
a los tribunales. 

—¡Por una boquilla de ámbar! ¿Y si resulta inocente? 

—No a mí, sino al tribunal corresponde averiguarlo. 

—¿Y te crees hombre de conciencia? Reflexiona sobre 
el mal que hiciste. Has llevado la perturbación, la zozo¬ 
bra y la amargura al seno de una familia. Has impreso 
en la frente del acusado y de sus hijos una mancha in¬ 
deleble. Puso el Dios de la Biblia un signo en Caín para 
que no le matasen; pone la justicia un signo peor en los 
que caen bajo su férula. Será inútil que se los manumi¬ 
ta; los nublará eternamente la sospecha y los apartará 
de los otros hombres. ¡Ay de él y de los suyos si por 
falta de fiador entra en la cárcel! Mantenía él la lumbre 
del hogar, bien trabajando, bien pordioseando; deberán 
ahora los hijos ir mendigando para su padre y recibirán 
en no pocas puertas ultrajes por dádivas. Quisiste casti¬ 
gar al que supones ladrón y sin saberlo ni quererlo des¬ 
cargaste la mano en seres que ningún mal te hicieron. 

—¿Debo, pues, consentir que me roben? 

—Te diré lo que Cristo respecto a la mujer adúltera: 
castiga al que te robó si te consideras exento de pecado. 

—¡Cómo! ¡Cómo! 

—Ves la paja en el ojo ajeno y no la viga en el tuyo. 

—¿Me llamas ladrón? 

—Ejerciste un tiempo la abogacía. ¿Estás seguro de 
haber proporcionado siempre tus derechos a tu trabajo? 
Eres hoy labrador: ¿vendes los frutos de tu labranza por 
lo que cuestan? 


— 35 — 



—¡Me ofendes! Nada tomé ni tomo contra la voluntad 
de su dueño. 

—Lo tomaste ayer aprovechándote de la ignorancia 
de tus clientes y lo tomas hoy aprovechándote de la ne¬ 
cesidad de tus compradores, como ese desdichado tomó 
la boquilla de ámbar aprovechándose de tu descuido. 

—No castiga ni limita ley alguna los hechos de que 
me acusas. 

—Tienes razón: la ley no castiga al que hurta sino al 
que hurta o defrauda sin arte. 

—Eres atrabiliario como ninguno. ¿Quién, a tu juicio, 
podrá decirse exento de pecado? 

—Nadie; lo impide la actual organización económica. 
Para los hurtadores sin arte bastan los presidios; para 
los hurtadores con arte, no basta el mundo. 


— 36 — 



F. Pl Y ARSUAGA 


El cuervo 

D etuvo su vuelo el cuervo y dijo al ver sobre el terru¬ 
ño a un hombre que lo trabajaba: 

— ¡Miren cómo labra Juan sus tierras! 

—No soy Juan —exclamó el hombre, levantando la ca¬ 
beza—. Soy el hijo de Juan, que trabaja para vivir mi¬ 
serablemente y pagar por segunda vez al señor el valor 
de sus tierras. 

Siguió volando el cuervo y más allá vio, jinete en un 
caballo, a un caballero. 

—Vaya con Dios, don Gil —le dijo. 

—No soy don Gil —contestó el caballero—. Soy el hijo 
de don Gil, que viene a cobrar del hijo de Juan el valor 
de sus tierras por segunda vez. 


Pasó mucho tiempo. 

El cuervo detuvo su vuelo y dijo al ver un hombre que 
sudaba sobre el terruño. 

— ¡Miren cómo trabaja el hijo de Juan sus tierras! 

—No soy el hijo de Juan —respondió el hombre, lim¬ 
piándose el sudor de la frente—, sino uno de sus nietos, 
que trabaja para vivir miserablemente y pagar por cuar¬ 
ta vez al señor el valor de sus tierras. Siguió volando el 
cuervo y encontró más allá, jinete en un caballo, a un 
caballero. 


— 37 — 



—Vaya con Dios el hijo de don Gil —le dijo. 

—No soy el hijo de don Gil —contestó el caballero—, 
sino su nieto, que viene a cobrar del nieto de Juan el 
valor de sus tierras por cuarta vez. 


Pasó mucho tiempo. 

El cuervo detuvo su vuelo y dijo, viendo a un hombre 
que trabajaba en el terruño: 

—¡Miren el nieto de Juan cómo labra sus tierras! 

—No soy el nieto de Juan —respondió el hombre—, 
sino uno de sus biznietos, que trabaja para vivir misera¬ 
ble y pagar por sexta vez al señor el valor de sus tierras. 

Siguió volando el cuervo y encontró más allá, jinete 
en un caballo, a un caballero. 

—Vaya con Dios el nieto de don Gil —le dijo. 

—No soy el nieto de don Gil —contestó el caballero—, 
sino su biznieto, que viene a cobrar del biznieto de Juan 
el valor de sus tierras por sexta vez. 

s¡. s¡. s¡. 


Pasó un siglo más. 

El cuervo detuvo su vuelo y dijo viendo a un hombre 
que, rota la azada, lloraba cerca del terruño. 

—¿Por qué llora el biznieto de Juan? 

—No soy el biznieto de Juan —repuso el hombre—; 
soy uno de los nietos del biznieto de Juan, y el señor me 
ha arrojado del terruño que labraron mis antepasados, 
porque no he podido pagarle por centésima vez el valor 
de sus tierras. 

Siguió volando el cuervo y encontró más allá, jinete 
en un caballo, a un caballero. 

—¿Dónde va tan deprisa el biznieto de don Gil? —le 
dijo. 


— 38 — 



—No soy el biznieto de don Gil —contestó el caballe¬ 
ro—; soy un nieto del biznieto de don Gil, que viene a 
buscar otro Juan que pague con su descendencia a mí y 
a los míos otras cien veces el valor de las tierras de mis 
antepasados. 

El cuervo se alejó, y dijo graznando: 

—Soy más feliz que los Juanes, porque puedo posar¬ 
me libremente en la rama que se me antoja. Soy más 
noble que los Giles, porque no arranco los ojos de los 
hombres hasta que están ya muertos. 


— 39 — 



OCTAVIO MIRBEAU 

Escrúpulos 


L a noche pasada me encontraba profundamente dor¬ 
mido cuando, de pronto, me despertó un gran ruido 
producido, al parecer, por la caída de un mueble en la 
pieza contigua a mi cuarto. 

En aquel mismo instante el reloj dio las cuatro y el 
gato se puso a maullar de un modo triste. 

Salté del lecho y corrí a enterarme, penetrando en la 
habitación que encontré alumbrada y, en medio de ella, 
había un caballero muy elegante, en traje de etiqueta y 
condecorado, que se entretenía en llenar de objetos pre¬ 
ciosos una magnífica maleta de cuero amarillo. 

La maleta no me pertenecía, pero sí los objetos con 
que la llenaba, y considerando incorrecto este proceder, 
me dispuse a protestar. 

A pesar de que no conocía al caballero, su rostro me 
era familiar. Tenía una de estas fisonomías correctas y 
muy características que hace pensar que el que la posee 
debe ser miembro de un círculo. 

El aspecto elegante y de buen humor de que parecía 
poseído me tranquilizaron, pues, debo confesar, que lo 
que yo esperaba era encontrarme ante un horrible la¬ 
drón, contra el que habría tenido que emplear actos de 
violencia que me son repulsivos. 

Al verme, el elegante desconocido interrumpió su 
tarea y me dijo sonriendo con ironía bonachona: 


— 40 — 



—Dispensadme, caballero, si os he despertado. No es 
culpa mía: tenéis unos muebles tan delicados que a la 
proximidad de la más ligera ganzúa caen desmayados. 

Entonces me fijé en el desorden en que se encontra¬ 
ban los muebles: cajones abiertos, vitrinas fracturadas, 
un pequeño secreter, en que guardo mis alhajas de fa¬ 
milia y los valores que poseo, lastimosamente tirado en 
el suelo y, en tanto me daba cuenta del pillaje, el ma¬ 
drugador visitante continuaba diciéndome con su voz 
de timbre agradable: 

— ¡Qué frágiles son esos muebles! ¿verdad? Yo creo 
que están atacados de la enfermedad del siglo y se sien¬ 
ten neurasténicos como todo el mundo... 

Y lanzó una pequeña carcajada que me molestó. 

—¿A quién tengo el honor de hablar? —dije algo más 
tranquilo. 

—¡Dios mío! —respondió—. Mi nombre en estos mo¬ 
mentos os causaría demasiada sorpresa... ¿No os parece 
mejor dejar para ocasión más oportuna la presentación, 
que, os confieso, a pesar de que deseo sea próxima, no 
me parece éste el mejor momento de hacerla y, si me lo 
consentís, guardaré el más riguroso incógnito? 

—Sea, caballero. Pero esto no me explica... 

—¿Mi presencia en vuestra casa a esta hora y este des¬ 
orden? 

—Eso es, y os agradecería... 

—¡Cómo! Ya lo creo. Vuestra curiosidad es muy legí¬ 
tima y voy a satisfacerla en el acto, pero, perdonad, ya 
que vamos a hablar un momento, sería prudente que os 
pusierais una bata; hace mucho frío y podéis constipa¬ 
ros. 

—Tenéis razón. Dispensadme un minuto. 

— ¡Pues no faltaba más! 

Fui a mi cuarto, me puse rápidamente una bata, y al 
volver vi que el desconocido había intentado poner un 
poco de orden en el gabinete. 


— 41 — 



—No os molestéis —le dije—, todo eso lo arreglará el 
criado mañana. 

Le ofrecí un asiento y, sentándome yo también, agre¬ 
gué: 

—Os escucho. 

—Caballero, yo soy un ladrón, un ladrón de profe¬ 
sión... ¿lo habéis adivinado? 

—¡Sin duda alguna! 

—Eso hace honor a vuestra perspicacia... Pues sí, soy 
un ladrón, y si he decidido abrazar esta posición social 
lo he hecho después de convencido de que era la más 
franca, la más leal y la más honrada de todas. El robo, 
caballero, y digo el robo como diría el foro, la literatu¬ 
ra, la pintura, la medicina, etc., ha sido hasta ahora una 
carrera desacreditada porque la ejercían seres ignoran¬ 
tes, odiosos, brutales, gentes sin elegancia ni educación; 
pues bien, yo pretendo darle el prestigio a que tiene de¬ 
recho y hacer del robo una carrera liberal y honrada. El 
robo es la única profesión del hombre. No se elige una 
profesión, sea la que fuere, sino con el objeto de que 
nos permita robar, más o menos, pero, en fin, robar algo 
de alguien. No quiero hablar mucho de mí. Empecé en 
el comercio, pero las sucias tareas que me obligaban a 
desempeñar y los innobles engaños y las faltas de peso, 
repugnaban a mi delicadeza; abandoné el comercio por 
la banca y ésta me disgustó también; no pude nunca 
acostumbrarme a emitir papel falso de minas falsas, en¬ 
riquecerme engañando a los demás, gracias a la virtud 
de deslumbradores prospectos y combinaciones: era 
empresa que rechazaba mi conciencia escrupulosa, ene¬ 
miga de la mentira. Entonces pensé en el periodismo, y 
necesité un mes para convencerme de que, a menos de 
entregarse a chantajes de todo género, el periodismo no 
produce una peseta. Entonces pensé en la política. 

Al llegar a este punto, no pude por menos que soltar 
la carcajada. Mi raro visitante continuó: 


— 42 — 



—Esto es, la risa; no merece otra cosa. De ese modo 
agoté cuanto la vida pública y privada puede ofrecer en 
profesiones y carreras a un joven, activo, inteligente, 
delicado como yo, y vi claramente que el robo, disfrᬠ
cese con el nombre que se quiera, es el único objeto, 
el resorte único que mueve todas las actividades, pero 
disfrazado y, por consecuencia, más peligroso; entonces 
me hice la reflexión siguiente: “Ya que el hombre no 
puede sustraerse a esta fatal ley del robo, será mucho 
más honroso que lo practique lealmente y sin disfrazar 
con excusas pomposas ni cualidades ilusorias el natu¬ 
ral deseo de apropiarse del bien ajeno.” Desde entonces 
robé; de noche penetraba en las casas ricas y tomaba 
de las cajas del prójimo lo que necesitaba para mis ne¬ 
cesidades. Esto sólo me exige algunas horas todas las 
no-ches; aparte de eso, vivo como todo el mundo. Perte¬ 
nezco a un círculo, tengo muy buenas relaciones, el mi¬ 
nistro me ha condecorado recientemente y, cuando doy 
un buen golpe, soy accesible a todas las generosidades. 
Por último, caballero, yo hago leal y francamente lo que 
todo el mundo hace de un modo indirecto. Mi concien¬ 
cia está tranquila, porque, de todos los seres que conoz¬ 
co, yo soy el único que ha adaptado animosamente sus 
actos a sus ideas... 

Era de día y ofrecí al elegante desconocido participa¬ 
se de mi almuerzo pero él no aceptó porque estaba de 
frac y no quería molestarme con tal incorrección. 


— 43 — 



RICARDO MELLA 


El ogro 

C ierto día llegó al pueblo, no importa cual, un hom¬ 
bre entrado en años, de barba hirsuta y canosa, re¬ 
posado andar y severo continente. 

La despierta curiosidad de las gentes indagó presto 
que el tal era hombre de pelo en pecho, accidentada 
historia y sospechosa hacienda. Cómo lo indagaron no 
se sabe, mas lo cierto es que, en aquel mismo día, for¬ 
móse alrededor del presunto personaje la indispensable 
novela. 

Y de boca en boca fueron corriendo y agrandándose 
las más estupendas consejas. Establecióse el forastero 
en apartada senda de los arrabales: casita modesta al 
pie de camino pedregoso, árboles corpulentos a dere¬ 
cha e izquierda, perspectiva de hermosísima campiña, 
cerrado el horizonte por fantástica cordillera de escar¬ 
pados montes. 

A poco, la imaginación popular forja el antro miste¬ 
rioso de hechicerías inexplicables, la cueva maldita de 
infernales locuras enclavada en medio del mismísimo 
paraíso. 

Vivía nuestro hombre la apacible vida del hogar; mos¬ 
trábase poco en público, corto de palabra, sin dureza en 
el gesto, más bien rehuía que buscaba el trato de las 
gentes. 

La curiosidad se despabilaba buscando enigmas alre¬ 
dedor del hombre aquel. Lastimaba a unos su continente 


— 44 — 



grave; a otros, su esquivez, y era, para los más, irritante 
su presencia por el solo hecho de no poder despellejarle 
a su antojo. 

Pronto echaron de ver que el forastero no iba a misa, 
que andaba siempre a vueltas con librotes y papeluchos 
de toda índole y que el tráfago de su vida consistía so¬ 
lamente en oficiar de preceptor de sus hijos y pasearlos 
por cerros y valles sin que, ni por asomo, les inculcara 
los principios de la santa religión de sus mayores. En¬ 
tonces la novela creció, creció prodigiosamente a mer¬ 
ced de los inflacuentos del lugar. 

Teníase por cierto que era el tal hombre un endemo¬ 
niado revolucionario, arrojado de todas partes, perse¬ 
guido por la justicia, culpable quizá de tremendas heca¬ 
tombes. Las gentes complacíanse en morderle la túnica 
y despedazársela hasta dejarle sin piel. Poco a poco se 
le negó el trato, luego el saludo y no faltó quien hicie¬ 
ra la señal de la cruz al pasar por la casita misteriosa. 
El ingenio popular bautizó al temible personaje con la 
expresión de sus fantásticas historietas. El ogro fue el 
coco de los chicos, que les hacía acurrucarse miedosos, 
y de las mujeres que, recelosas, cerraban puertas y ven¬ 
tanas. Los hombres dejaban ver su cobardía a través de 
argucias y desplantes. 

Al fin hubo que pensar seriamente qué se iba a hacer 
con el ogro. Las autoridades se creyeron llamadas a in¬ 
tervenir en el asunto y, entre mil proyectos, después 
de prolijas discusiones, vínose a parar en la necesidad 
de que un sacerdote, muy versado en sabias teologías, 
abordase al temible desconocido y procurase o conver¬ 
tirle o alejarle del pueblo, para que se apaciguase la in¬ 
quietud profunda de las almas piadosas. 

Al curilla sabihondo le escarabajeó en el cuerpo la 
ambición de ganarse el aplauso de las gentes y, dando 
garrote al temorcillo mal oculto, allá se fue a la casa 
del réprobo. Cuántas veces los guijarros del camino de- 


— 45 — 



nunciaron su miedo, no es para confesado. La sangre se 
le arremolinaba a la cabeza por tropezón de más o por 
tropezón de menos, pareciéndole que la vida huía de 
las extremidades. Llegó, cubierto de sudor, a las puertas 
del antro y, después de resoplar fuertemente, como bes¬ 
tia recelosa, llamó azorado, batiendo los nudillos de la 
diestra sobre las carcomidas maderas. La puerta se abrió 
y el ogro, entre cortés y sorprendido, rogó al visitante 
que pasara. Faltóle al cura ánimo para hacer la señal de 
la cruz al traspasar los umbrales de la casa encantada y 
dejóse llevar, casi arrepentido de su acuerdo. 

Largo y tendido charlaron el hombre y el cura. Ni una 
voz fuerte, ni una palabra más alta que otra. El cura, en 
sus últimas argucias, dijo, batiéndose en retirada: 

—En fin, señor, mi misión es de paz. Ruego a usted 
que por la tranquilidad de su alma y por la tranquili¬ 
dad del pueblo, renuncie a la vida impía que lleva. Nada 
perderá usted por mandar sus hijos a la iglesia, ya que 
no vaya usted mismo; nada perderá usted porque oigan 
misa y presten acatamiento a los preceptos de nuestra 
santa religión. Aislado en este retiro, objeto de las cen¬ 
suras de los vecinos, piedra de escándalo para las almas 
piadosas, nada puede usted ganar y todo lo tiene perdi¬ 
do. 

Y entonces el ogro, reprimiendo trabajosamente su 
interior agitación, repuso: 

—Señor sacerdote; cuando me habla usted en nom¬ 
bre de una fe, de un credo, le respeto y escucho atento 
como a hombre de sinceras convicciones. Discutamos, 
si le place. Mas cuando me habla el lenguaje de cierto 
disimulado utilitarismo, no puedo escucharle. No cua¬ 
dran esas palabras en un hombre de fe. ¿Qué perdería, 
dice usted, mandando mis hijos a la iglesia, a la misa, 
y ordenándoles reverencia a los preceptos de una reli¬ 
gión en que no creo? Perdería mi dignidad, mi honor, 
mi conciencia. Me insulta usted, señor sacerdote. Me 


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propone un agio con mis convicciones, con mi fe, si lo 
prefiere. No puedo escucharle. 

Y el hombre y el cura se separaron saludándose fría¬ 
mente, ofendido el uno, pesaroso el otro. 

¿Qué explicación dio de su fracaso el cura? 

Se confesó a medias. Había tenido que habérselas con 
un fanático que pretendía la redención del mundo por 
la igualdad; que, parapetado en sus endiabladas cien¬ 
cias, no quería oír hablar de religión ni de Dios; con un 
hombre ensoberbecido, poseído del mal con la satánica 
vanidad de una perversión inquebrantable. La conver¬ 
sión era, no obstante, obra de tiempo y de paciencia. 

Y las gentes fueron acostumbrándose a la presencia 
del ogro y curiosearon también alrededor de los mo¬ 
ntos, sus hijos. Lentamente, los trazos más crudos de 
la novela fueron borrándose. Los niños y las mujeres 
olvidaban el pueril temor que les hacía encogerse de 
miedo. En las conversaciones de los hombres llegóse a 
justificar la entereza y el puritanismo del ogro. Vivía en 
el error, pero honradamente; era un hombre convenci¬ 
do, digno de respeto. 

Sólo algunos mamelucos, que vivían de la política o 
de la religión, juraban y perjuraban que el ogro era un 
bandido, un hombre infame y sin entrañas, digno de las 
hogueras de Torquemada. 

Tal vez, sin estos roedores miserables, el ogro hubiera 
sido totalmente rehabilitado en el pueblo. 

Algunos pocos años después, la noticia de que el ogro 
se moría corrió por calles y plazuelas. La curiosidad se 
despabiló otra vez. Renacieron las antiguas consejas. 

El médico del pueblo contaba a quien quería oírlo que 
el ogro se moría irremediablemente y que persistía en 
negarse a oír hablar de curas. De seguro se largaba al 
otro barrio tan impenitente como había vivido. 

Discutíase si el cura se atrevería a intentar el último 
esfuerzo. Muchos aseguraban como cosa infalible una 


— 47 — 



conversión completa de última hora a las puertas de la 
muerte. 

Pocas voces se alzaban contra estos dimes y diretes 
de la vecindad. La compasión no gozaba gran privanza 
entre aquellas gentes, que no perdonaban la extraordi¬ 
naria oportunidad de desfogar su estulticia. 

Y ocurrió que el cura, instigado por hipócritas y cre¬ 
yentes, llegó otra vez a las puertas del antro y las puer¬ 
tas permanecieron abiertas y el ogro, con una última 
expresión de bondad, rehusó los auxilios que se le ofre¬ 
cían, pidiendo paz y sosiego en la hora suprema de la 
muerte. 

—¡Dejad que muera en paz quien en paz ha vivido! 
¡Haced por mí lo que quisierais que los demás hicieren 
por vosotros! 

Cobijado por el amor de sus hijos, expiró en paz aquel 
hombre singular que no había hecho mal a nadie, aquel 
hombre cuyo tremendo delito consistía en haber vivido 
de acuerdo consigo mismo, de acuerdo con su pensa¬ 
miento y su conciencia. 

Murió y su cuerpo fue sepultado en yermo campo, 
apartado del lugar donde descansan las almas cristia¬ 
nas; que los creyentes, anticipándose a los juicios del 
Dios que reverencian, echan a la fosa del odio los restos 
del justo. 

Después de la muerte, quedo, muy quedo, un íntimo 
sentimiento de admiración fue ganando el corazón de 
las gentes y otra y cien novelas se forjaron en que aquel 
buen ogro crecía, crecía por sus virtudes, por su saber, 
por su rectitud. Y el recuerdo del ogro quedó fijado para 
siempre en el pueblo con aquellas palabras postumas: 

— ¡Haced por mí lo que quisierais que los demás hi¬ 
cieran por vosotros! 


— 48 — 



RAMIRO DE MAEZTU 


El “Central Consuelo” 

F ue aquello la explosión de un reguero de pólvora. 

No hizo don Antonio, el capataz de “batey”, más que 
alzar la mano sobre el “naringonero”, mozalbete que, 
“halando” de las narices de los bueyes, traía y llevaba 
las “fragatas” de caña a lo largo del conductor, y los 
peones de la “estera” se enderezaron como un resor¬ 
te desclavado. ¡Era ya lo inaudito! Le habían tolerado 
hasta los insultos, mas no los golpes, ¡por Cristo vivo!, 
los golpes no. 

Arrojaron sobre los vagones las brazadas de caña, que 
debían comerse las siempre abiertas fauces de los cilin¬ 
dros moledores, y despreciando la gritería amenazado¬ 
ra y suplicante, todo a un tiempo, de los desconcertados 
mayorales, se desperdigaron por la casa de calderas, 
contagiando de su indignación a los obreros de los hor¬ 
nos quemadores de “bagazo” verde, a los fogoneros en¬ 
negrecidos por el carbón, a los ayudantes de mecáni¬ 
cos, a los trituradores de la masa cocida, a los chinos 
que cuidaban del vuelo vertiginoso de las “centrífugas”, 
cedazos mágicos que extraen de la negruzca masa el 
grano de azúcar amarillo, que es el oro de Cuba. 

No valieron órdenes ni consejos de químicos y ma¬ 
quinistas. La prudencia de algunos tímidos abrió a toda 
prisa válvulas y escapes de calderas y tuberías. Lúe 
todo. Entre los rabiosos rugidos del vapor saltando de 
sus jaulas y los derrames de “guarapo” hirviente, los 


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siervos miserables de las máquinas creadoras abando¬ 
naron, coléricos, su presidio industrial. 

Y ya en el batey, al resplandor magnífico de la luna 
cubana, estallaron todas las quejas, todos los ayes con¬ 
tenidos desde el comienzo de la zafra. La barbarie de los 
capataces era sólo el motivo de una huelga que tenía 
mil causas. La comida era inmunda bazofia —tasajo 
brujo, galleta en vez de pan, arroz seco, bacalao podri¬ 
do—, buena a todo tirar para las negradas de antaño, 
no para hombres que se juzgan libres y han de sudarla 
en la mitad del día. Tampoco eran soportables las jor¬ 
nadas de trabajo, ¡doce mortales horas, repartidas en 
cuartos de a seis! ¡Imposible dormir más de cinco se¬ 
guidas! ¡Y doce horas arrojando caña, asándose frente 
a los hornos, triturando con palancas de acero la masa 
endurecida o aguantando el calor irresistible que despi¬ 
den los “tachos” cristalizadores de meladura y el fuego 
y el vapor y las tuberías y las máquinas, en aquellas 
volcánicas fraguas, levantadas bajo el sol de los trópi¬ 
cos! Y la cuestión del personal, pues los patronos, para 
ahorrar jornales, suprimieron al comenzar la zafra más 
de 40 obreros, cuya tarea caía sobre los hombros de los 
demás. Y luego, ¡esa tienda, esa tienda que les pagaba 
tarde y mal, obligándoles así a surtirse de sus géneros, 
saldos averiados de los almacenes, que vendía ganando 
el 6 por 1! 


4 4 4 

El principal recibió atentamente a los comisionados. 
Ante la imposibilidad de persuadirles con frases cariño¬ 
sas y promesas vagas a que reanudaran definitivamen¬ 
te la molienda, propuso un armisticio. Para arreglar las 
cuestiones de personal, relevo de mayorales y horas de 
trabajo, iría aquella misma noche al pueblo y, de acuer¬ 
do con sus socios, buscaría solución armónica al conflic- 


— 50 — 



to. Por de pronto, se mejoraría la comida y empeñaba 
su formal promesa de ayudar a sus trabajadores en las 
demandas de más peso. Y en pago de su buena voluntad 
rogaba a sus “buenos hijos” que liquidaran la caña del 
batey y el guarapo y la meladura de la casa de calderas. 
Trato hecho. Volvieron a la brega los obreros y jamás 
ingenio alguno trabajó como el “Central Consuelo” en 
aquellas treinta y seis horas de liquidación inusitada. 

Poleas, voladoras y engranajes, aceitados meticulo¬ 
samente, resbalaban sin los rechinamientos del descui¬ 
do; las calderas, con el fuego necesario en los hornos, 
fabricaban vapor suficiente, sin los desmayos de la im¬ 
potencia ni los resoplidos del exceso; no se soltaba una 
correa, el jugo de la caña corría sin derrames por los 
cauces de madera, las melazas llenaban los tanques sin 
rebasar ninguno, los trituradores de la masa cocida lim¬ 
piaban sus herramientas sobre los “mezcladores”, cui¬ 
daba la chinería de las centrífugas de sacar en su punto 
los granos dorados, pesaban los envasadores los sacos 
en el fiel, y el químico, un francés que sin éxito había 
ensayado todas sus alquimias para aumentar el rendi¬ 
miento sacarino de la caña, preguntábase maravillado 
qué ingrediente era la satisfacción de los obreros, que 
mejoraba en tantos grados la cantidad y calidad del azú¬ 
car de aquella jornada. 

Liquidados batey y casa de calderas, reuniéronse los 
huelguistas en los talleres de reparaciones. Venían lim¬ 
pios, en traje de fiesta y estaban contentos. La comida 
mejoraba, los capataces medían las palabras, el princi¬ 
pal telefoneó desde el pueblo anunciando un arreglo y 
su llegada en el tren de la tarde. Todo presagiaba que 
iba a hacerse justicia a sus quejas. 

¡Y era de ver la alegría del triunfo legítimo impresa en 
los rostros! ¡Y eran admirables chinos y criollos, negros 
y españoles bromeando juntos, en fraternal espíritu que 
borraba los odios de raza! Lo que el Zanjón no logró 


— 51 — 



nunca, ni cien Zanjones más habrán de conseguirlo, lo 
alcanzaba, sin proponérselo, la comunidad de aspira¬ 
ciones y esperanzas. La eterna enemiga del nacimiento 
desaparecía en un arranque de obrera solidaridad. 

En el hondo silencio de las máquinas muertas armóse 
loca zambra. Lavanderas de africana sangre y operarios 
criollos bailaban la “muñeira” alrededor de la fragua 
llameante, entonaban los españoles décimas guajiras, 
los chinos diminutos danzaban, como gorilas, al son fu¬ 
rioso de los tangos cubanos, trepaban por las ruedas in¬ 
móviles los más sensatos y daban el compás los odiosos 
martillos, repiqueteando sobre los yunques... 

...Se oyó el galopar de un caballo. Y el jinete, obrero 
que, apro-vechando la improvisada fiesta, hubo de visi¬ 
tar el pueblo, gritó sin desmontarse, la voz enronqueci¬ 
da por la cólera: 

—¡La que nos espera! Nos han engañado... Hoy ven¬ 
drá el amo, pero con 200 hombres que nos “botarán” a 
la calle y una compañía de soldados para zurrarnos si 
nos “reviramos”. 

No lo querían creer. ¡Era imposible! ¡Si tenían la pala¬ 
bra del amo! ¡Vamos, será una broma!... Y al cerciorarse 
de que hablaba en serio y al escuchar los nombres de 
algunos que vendrían a suplantarles, aquella multitud 
de pobres entusiastas soñadores se desplomó abatida. 
No era sino demasiado cierto. ¡Cuántos hambrientos se 
reúnen para cada pedazo de pan negro! ¿Cómo luchar 
contra una gente que tiene todo el pan? Era la derrota 
definitiva. Y ahora a cargar sobre el hombro la hamaca 
y la ropa y a correr los caminos, de ingenio en inge¬ 
nio, de poblado en poblado, ofreciendo la mercancía del 
trabajo, la más preciosa y la más despreciada, la que 
enriquece al señor que la compra, la que esclaviza al 
desgraciado que la vende. 

Todo moría en aquel montón de humanos seres; en¬ 
tusiasmos, energía, voluntad. La angustia cerraba las 


— 52 — 



bocas, quizás iban a surgir las disputas mezquinas por 
el salario. Pero Mamerta, la negra que hacía un minu¬ 
to bailó española danza alrededor de la fragua, tuvo su 
inspiración. Agarró con las manos rojos tizones de car¬ 
bón y los lanzó sobre un montón de serrín y de virutas. 

—¡Valiente quien me siga!, dijo. Siguieron diez se¬ 
gundos de vacilación; los diez segundos de las grandes 
resoluciones... ¡y fue un delirio! Doscientos hombres, 
ebrios de venganza, endemoniados, locos, disputáron¬ 
se las brasas de la nueva hoguera, hacinaron troncos y 
vigas arrancadas a martillazos y se desparramaron fu¬ 
riosamente por la casa de calderas, llevando el incendio 
de los montones de madera a los barriles de aceite y de 
pintura, de los talleres a las viviendas. 

Cuando la fábrica soberbia es pasto de las llamas pu- 
rificadoras, la jauría de siervos, ennoblecidos por la “re¬ 
vuelta”, se esparce por los cañaverales que arden en el 
fuego de las hojas secas, como paja rociada de petróleo. 

... Allá va la “candela”. La brisa la mece y el viento la 
arrastra, traspasa guardarrayas y linderos, invade co¬ 
lonia tras colonia, forma mágicos puentes de fuego al 
saltar los arroyos... 

... Y cuando los silbatos de cien ingenios llaman en ho¬ 
rrísono gemido a los hombres amantes de su hacienda 
y divísase a lo lejos el tren que conduce a los descalzos 
rompehuelgas y a los soldados guardadores del orden, 
del poderoso “Central Consuelo”, amasijo de tantos su¬ 
dores, no quedan más que cenizas y escombros en la 
tierra y en el cielo nubes de humo que se disuelven y 
disipan. 

... Y allá en el paradero, Mamerta la negra, quemadas 
las ropas e hinchado el pellejo, baila macabra danza a 
los dueños que se apean, consternados, e increpa au¬ 
llando a los obreros haraposos: 

—¡Cochinos! ¡Esclavos! 

Y señalándoles los rescoldos humeantes: 

—¡Alquilones! ¡Allí tenéis trabajo! 


— 53 — 



MARTINEZ RUIZ (AZORIN) 


La Prehistoria 

Estamos en el comienzo del comienzo. 

Wells 

—Buenos días, querido maestro. ¿Qué tal? ¿Cómo está 
usted? 

—Ya lo está usted viendo; siempre en mi taller, enfras¬ 
cado en mi grande obra. 

—¿Habla usted de esa obra magna, admirable, que 
todos esperamos: La Prehistoria ? 

—En efecto; en ella estoy ocupado en estos momen¬ 
tos. Ya poco falta para que la dé por terminada definiti¬ 
vamente. 

—¿Habrá usted llegado acaso a los linderos de las épo¬ 
cas modernas, históricas? 

—Acabo, sí señor, de poner los últimos trazos a mi 
descripción del período de la electricidad. 

—¿Será un interesante período ese de la electricidad? 

—Es el último estado de la evolución del hombre pri¬ 
mitivo; ya desde aquí comienza la profunda transforma¬ 
ción que los historiadores conocen, es decir, comienza 
la era del verdadero hombre civilizado. 

—Perfectamente, querido maestro. Y ¿ha logrado usted 
muchas noticias de este obscuro y misterioso período? 

—He logrado, ante todo, determinar cómo vivían estos 
seres extraños que nos han precedido a nosotros en el 
usufructo del planeta. Sé, por ejemplo, de una manera 


— 54 — 



positiva, que estos seres vivían reunidos, amontonados, 
apretados en aglomeraciones de viviendas que, al pare¬ 
cer, se designaban con el nombre de ciudades. 

—Es verdaderamente curioso, extraordinario lo que 
usted me cuenta. Y ¿cómo podían vivir estos seres en 
esas aglomeraciones de viviendas? ¿Cómo podían res¬ 
pirar, moverse, bañarse en el sol, gozar del silencio, sen¬ 
tir la sensación exquisita de la soledad? Y, ¿cómo eran 
esas viviendas? ¿Eran todas iguales? ¿Las hacían diver¬ 
sas, cada cual a su capricho? 

—No; estas casas no eran todas iguales, eran diferen¬ 
tes: unas mayores, otras más chicas; otras molestas, an¬ 
gostas. 

—¿Ha dicho usted, querido maestro, que unas eran 
angostas, molestas? Y dígame usted, ¿cómo podía ser 
esto? ¿Cómo podía haber seres que tuviesen el gusto 
de habitar en viviendas molestas, estrechas, antihigié¬ 
nicas? 

—Ellos no tenían este capricho pero les forzaban a 
vivir de este modo las circunstancias del medio social 
en que se movían. 

—No comprendo nada de lo que quiere decirme. 

—Quiero decir que en las épocas primitivas había 
unos seres que disponían de todos los medios de vivir, 
y otros, en cambio, que no disponían de estos medios. 

—Es interesante, extraño, lo que usted dice. ¿Por qué 
motivos estos seres no disponían de medios? 

—Estos seres eran los que entonces se llamaban po¬ 
bres. 

— ¡Pobres! ¡Qué palabra tan curiosa! Y ¿qué hacían 
esos pobres? 

—Esos pobres trabajaban. 

—¿Esos pobres trabajaban? Y si trabajaban esos po¬ 
bres, ¿cómo no tenían medios de vida? ¿Cómo eran ellos 
los que vivían en las casas chiquitas? 


— 55 — 



—Esos pobres trabajaban pero no era por cuenta pro¬ 
pia. 

—¿Cómo, querido maestro, se puede trabajar si no es 
por cuenta propia? No le entiendo a usted; explíqueme 
usted esto. 

—Quiero decir, que estos seres que no tenían medios 
de vida, con objeto de allegarse la subsistencia diaria se 
reunían a trabajar en unos edificios que, según he ave¬ 
riguado, llevaban el título de fábricas. 

—Y, ¿qué iban ganando con reunirse en esas fábricas? 

—Allí todos los días les daban un jornal. 

—¿Dice usted jornal? ¡Será éste algún vocablo de la 
época! 

—Jornal es, efectivamente, una palabra cuya signifi¬ 
cación hoy no comprendemos: jornal era un cierto nú¬ 
mero de monedas, que diariamente se les adjudicaba 
por su trabajo. 

—Un momento, querido maestro; perdóneme usted 
otra vez. He oído que ha dicho usted monedas. ¿Qué es 
esto de monedas? 

—Monedas eran unos pedazos de metal redondos. 

—¿Para qué eran estos pedazos de metal redondos? 

—Estos pedazos, entregándolos al poseedor de una 
cosa, este poseedor entregaba la cosa. 

—Y este poseedor, ¿no entregaba las cosas si no se le 
daba estos pedazos de metal? 

—Parece ser que, en efecto, no las entregaba. 

—¡Eran unos seres extraños estos poseedores! ¿Y para 
qué querían ellos estos pedazos de metal? 

—Parece ser también que, cuantos más pedazos de 
éstos se tenía, era mejor. 

—¿Era mejor? ¿Por qué? ¿Es que estos pedazos no los 
podía tener todo el que los quisiera? 

—No, no podían tenerlos todos. 

—¿Por qué motivos? 


— 56 — 



—Porque el que los tomaba sin ser suyos era encerra¬ 
do en una cosa que llamaban cárcel. 

—¡Cárcel! ¿Qué significa esto de cárcel? 

—Cárcel era un edificio donde metían a unos seres 
que hacían lo que los demás no querían que hiciese. 

—¿Y por qué se dejaban ellos meter allí? 

—No tenían otro remedio: había otros seres con fusi¬ 
les que les obligaban a ello. 

—¿He oído mal? ¿Es fusiles lo que acaba usted de 
decir? 

—He dicho, sí, señor, fusiles. 

—¿Qué es esto de fusiles? 

—Fusiles eran unas armas de que iban provistos algu¬ 
nos seres. 

—¿Y con qué objeto llevaban los fusiles? 

—Para matar a los demás hombres en las guerras. 

—¡Para matar a los demás hombres! Esto es enorme, 
colosal, querido maestro. ¿Se mataban los hombres unos 
con otros? 

—Se mataban los hombres unos con otros. 

—¿Puedo creerlo? ¿Es cierto? 

—Es cierto; le doy a usted mi palabra de honor. 

—Me vuelve usted a dejar estupefacto, maravillado, 
querido maestro. No sé qué es lo que usted trata de re¬ 
galarme con sus últimas palabras. 

—¿He hablado del honor? 

—Ha hablado usted del honor. 

—Perdone usted, esta es mi obsesión actual, este es 
el punto flaco de mi libro, esta es mi profunda contra¬ 
riedad. He repetido instintivamente una palabra que he 
visto desparramada con profusión en los documentos 
de la época y cuyo sentido no he llegado a alcanzar. Le 
he explicado a usted lo que eran las ciudades, los po¬ 
bres, las fábricas, el jornal, las monedas, la cárcel y los 
fusiles; pero no puedo explicarle a usted lo que era el 
honor. 


— 57 — 



—Tal vez esta era la cosa que más locuras y disparates 
hacía cometer a los hombres. 

—Es posible... 


— 58 — 



CARLOS MALATO 

La Justicia 


E n Dorcitat pudo convencerse bien el pequeño León 
de que su amigo no había exagerado cuando le ha¬ 
blaba de la república. Le bastó para ello asistir una sola 
vez a una audiencia del tribunal donde le condujo Esta¬ 
nislao porque esas audiencias eran públicas, y muchos 
desocupados, que no podían pagarse un asiento en el 
teatro, asistían allí y se hacían la cuenta de que viendo 
juzgar tenían comedia de balde. 

Era la primera vez que el niño penetraba en un preto¬ 
rio, y después de haber franqueado la puerta, guardada 
por un matador de profesión, porque desgraciadamente 
se encuentran aún por todas partes, se vio en una sala 
bastante espaciosa llena de curiosos. A un lado, sentado 
en un banco, entre dos guardianes armados, se halla¬ 
ba un obrero de miserable aspecto. En el fondo, detrás 
de una especie de mostrador, se. hallaban tres hombres 
sentados, vestidos con negras vestiduras. El de en medio 
tenía la barba blanca y en el pecho ostentaba una cinta 
roja; los otros dos tenían patillas negras. 

—¿Qué son esos? ¿Son curas, o mujeres barbudas?— 
preguntó León. 

—No —respondió Estanislao—. Son jueces; hombres 
como los matadores profesionales, los verdugos o los 
polizontes que el sexo masculino tiene el honroso pri¬ 
vilegio de suministrar. Visten casi como los curas, a los 
cuales se parecen por sus costumbres y sus funciones, 


— 59 — 



con la diferencia de que los curas condenan o absuelven 
para una vida futura, en nombre de un dios imaginario, 
mientras que los jueces condenan en la vida presente, 
en nombre de un libro estúpido y bárbaro llamado Có¬ 
digo. 

—¿Quién ha escrito ese libro? 

—¿Quién? Conquistadores, emperadores, reyes, amos, 
gobernando por el derecho del más fuerte o por la as¬ 
tucia. Es decir, malhechores públicos. Ello es lo que han 
escrito o hecho escribir por sus servidores. Pero, escu¬ 
cha. 

El presidente, es decir, el hombre sentado en medio, 
mandó con voz glacial al obrero sentado entre los guar¬ 
dianes que se levantara; le preguntó su nombre, edad, 
estado, profesión y domicilio. Cuando el interrogado 
hubo contestado con voz sorda, el juez añadió: 

—A usted se le acusa de haber dormido sobre un banco 
en la calle del Pueblo Soberano, debiendo saber que la 
vagancia está prohibida. ¿Qué tiene que exponer en su 
defensa? 

—Sencillamente que no tengo domicilio. Mi casero me 
ha echado de la casa y me he visto obligado a dormir en 
la calle. 

—¿Y por qué ha echado a usted el casero a la calle? 

—Porque no podía pagarle. 

—¿Por qué no podía usted pagarle? 

—Porque no tenía trabajo. 

—Además, se acusa a usted de haber injuriado al agen¬ 
te que le ha detenido. 

—Usted dirá si podía yo estar contento de verme 
arrancado al sueño, mi único consuelo, y llevado a la 
prevención como un malhechor, después de haber tra¬ 
bajado honradamente toda mi vida. 

—El tribunal apreciará. 

El presidente se inclina hacia los otros dos jueces, sus 
asesores; consulta con ellos un instante, y dice: 


— 60 — 



—Seis días de prisión... ¡Otro! 

—He ahí —murmuró Estanislao, al oído de León—, una 
cosa que hará brotar en el corazón de ese pobre obrero 
un poco de odio contra el régimen social. 

Al segundo procesado, que entró por una puerta la¬ 
teral para sentarse también entre los dos guardianes, 
se le inculpaba de haberse hecho servir una comida en 
un restaurant y de haber dicho luego al dueño: “Ahora 
hágame usted prender, si quiere, porque no tengo un 
céntimo para pagar.” 

—¿Por qué hizo usted eso? —preguntó el juez. 

—Porque tenía necesidad de comer, como la tiene todo 
hombre, y consideré que era preferible eso a atacar al 
primero que se presentase al volver una esquina pidién¬ 
dole la bolsa o la vida. 

—Cuatro días de prisión y veinte pesetas de multa — 
sentenció el presidente. 

Tocó en seguida el turno a otro procesado de género 
diferente. Era un hombre bien vestido, sentado, no entre 
los guardianes, sino en la primera fila de los asistentes, 
quien declaró su nombre, Víctor Mast, y su cualidad, 
contratista de obras. 

—Señor —le dijo el juez empleando por primera vez 
este calificativo—, a usted se le acusa de haber roto el 
bastón sobre las costillas de un obrero que reclamaba su 
jornal. A petición suya se le ha citado a usted. 

—Señor juez —respondió el acusado—, ese obrero es 
un tunante que quería robarme y me amenazó con la 
justicia. Por lo demás mi abogado explicará el asunto 
mejor que yo puedo hacerlo. 

Y aquel patrón, que si no era muy elocuente era astuto 
y tenía dinero de sobra para poder pagarse un abogado 
hábil, se sentó, dejando a su defensor explicar el asunto 
a su manera, quien declaró que Víctor Mast, viendo a 
su obrero hacer ademán de pegarle, se consideró en el 
caso de legítima defensa. El tribunal, en su alta sabidu- 


— 61 — 



ría, apreciará los hechos y no excitará la rebeldía de los 
obreros contra los patronos. 

Los jueces acogieron aquel discurso por signos ape¬ 
nas perceptibles de aprobación. El público homenaje 
tributado a su sabiduría fue de su agrado, por lo que el 
contratista fue absuelto y el obrero condenado en cos¬ 
tas. 

—Esto —dijo Estanislao a su amigo de modo que lo 
pudieran oír los que se hallaban cerca—, enseñará a ese 
obrero a hacerse justicia por sí mismo, en vez de implo¬ 
rarla a los magistrados. ¿No has visto y oído bastante? 

—¡Oh, sí, vámonos! Creo que me pondría malo si per¬ 
maneciéramos más tiempo en esta casa abominable. 
Este es el Palacio de la Injusticia y no el de la Justicia. 

Salieron de aquella casa del crimen, donde unos hom¬ 
bres, vestidos de una manera particular para imponer 
respeto, condenan con imponente solemnidad a desgra¬ 
ciados, víctimas de la sociedad, y absuelven a los explo¬ 
tadores. 

Una vez fuera respiraron con satisfacción el aire libre. 

León, profundamente impresionado por lo que había 
visto y oído, permanecía silencioso; la melancolía se re¬ 
flejaba en su rostro. 

—¿En qué piensas? —le preguntó su compañero. 

—En lo que llaman justicia —respondió el niño—. ¿Qué 
es la justicia? ¿Existe? 

Estanislao permaneció un instante silencioso: busca¬ 
ba las palabras más apropiadas para hacer comprender 
su pensamiento a aquel niño de nueve años. 

—La justicia no es una especie de divinidad repara¬ 
dora y vengadora del mal, como se la imaginan todavía 
muchos individuos influidos por la enseñanza religiosa; 
es, sencillamente, el equilibrio, la armonía o la concor¬ 
dancia de los intereses. En la sociedad presente todos 
los intereses, el del patrón y el del obrero, el del vende¬ 
dor y el del comprador, el del gobernante y el del gober- 


— 62 — 



nado están en contradicción y en luchas perpetuas; en 
tales condiciones la justicia no puede existir y no puede 
pedirse ciertamente a los jueces, defensores del orden 
de cosas actual. Por el contrario, en una sociedad en 
que todo sea de todos, los individuos tendrán el mismo 
interés en producir y no podrá haber conflictos entre 
gentes que trabajen y gentes que hagan trabajar por su 
beneficio exclusivamente personal. Cuando la propie¬ 
dad individual desaparezca, desaparecerán con ella una 
multitud de males y de crímenes. ¿No es mejor impe¬ 
dirlos que castigarlos? Del mismo modo, la eliminación 
de la autoridad hará desaparecer también la opresión de 
los unos, el cobarde servilismo de los otros, los odios, 
las rebeldías sangrientas, las guerras. No habrá induda¬ 
blemente la perfección absoluta, porque entre los seres 
humanos hay diferencias de temperamento y de gustos, 
como hay también enfermedades que producen desa¬ 
rreglos del entendimiento y de la voluntad que causan 
actos perjudiciales, pero los que las padezcan serán una 
ínfima excepción, y como no tendrán fuerza para impo¬ 
nerse a toda la sociedad, como lo hacen actualmente los 
gobernantes y los capitalistas, todo quedará reducido 
a ponerlos fuera de estado de causar daño. En lugar de 
matarlos o de martirizarlos, se les cuidará como inváli¬ 
dos o como enfermos y se procurará su curación. He ahí 
el concepto que nosotros tenemos de la justicia. Ya ves 
que no tiene nada de común con la de los magistrados. 

— Efectivamente —respondió León. 


— 63 — 



ANSELMO LORENZO 

¿Será eterna la injusticia? 


P edro, Juan y Andrés nacieron en un mismo año y en 
un mismo pueblo. 

Pedro era hijo del usurero en jefe de la comarca, Juan, 
de un pobre gañán y Andrés, del mayor contribuyente 
por territorial de aquel vecindario. 

A los diez años los tres chiquillos iban a la escuela y 
no importándoles nada las diferencias sociales que les 
separaban. Juntos se entregaban a las ingenuas alegrías 
de la infancia. 

Ocho años después, Pedro estudiaba teología en un 
seminario, Juan trabajaba en la herrería del pueblo y 
Andrés, graduado de bachiller, había empezado el estu¬ 
dio del derecho en la universidad. 

A los veinticinco años, en un mismo día, Pedro canta 
misa, Juan perora en un mitin socialista y Andrés se 
presenta como candidato en una reunión electoral. 

A los cincuenta años Pedro es obispo, Juan, presidia¬ 
rio y Andrés, ministro. 

Pedro encubrió su ambición bajo la capa de la humil¬ 
dad y, a fuerza de servilismo, astucia y constancia, llegó 
a colarse en una vacante episcopal. 

Juan, trabajador, buen compañero y padre de familia, 
fomentaba la ilustración entre los suyos; lo que le atrajo 
el odio burgués y un proceso fundado en una calum¬ 
nia le despojó del honor y le privó de libertad. Andrés, 
excelente retórico, despreocupado adorador del éxito y 


— 64 — 



aprovechado adulador del cacique dominante, fue pe¬ 
riodista, diputado y gobernador y, ascendiendo debida¬ 
mente, elevóse a ministro. 

La usura y la usurpación dieron a Pedro y a Andrés 
posición social privilegiada, en la cual vivieron honra¬ 
dos, tranquilos y satisfechos, lo que da alta idea de la 
eficacia moralizadora de aquella terrible amenaza repe¬ 
tida sin cesar durante diecinueve siglos: “¿qué aprove¬ 
cha al hombre si granjease todo el mundo y se pierde él 
a sí mismo?” o de la fe que tienen los creyentes en estas 
palabras del Maestro: “cualquiera de vosotros que no 
renuncie a todas las cosas que posee, no puede ser mi 
discípulo.” 

En cambio el pobre Juan, heredero de la miseria pa¬ 
terna, desheredado del patrimonio universal, partícipe 
de la desgracia común a todos los que viven sin alcanzar 
el nivel social del derecho, deshonrado y víctima de la 
explotación y de la usura, se hunde en la desesperación 
y el desconsuelo, siendo la negación en carne y hueso 
de esta señal dada por Cristo: “En esto conocerán todos 
que sois mis discípulos, si tuvieseis amor los unos a los 
otros.” 

Y la injusticia no se detiene ante la tumba: Pedro y 
Andrés, en posesión durante su vida de ese despojo de 
los pobres que llaman fortuna, rodeados de atenciones y 
cuidados, tuvieron buena vejez, y por si de veras hay un 
dios a quien engañan con hipocresías, tomaron los sa¬ 
cramentos a última hora y, pensando piadosamente, es¬ 
tarán en la gloria oyendo la música celestial; pero Juan, 
que protestó toda su vida contra la iniquidad triunfante 
y mandó a paseo al cura que ante la muerte le pedía la 
complicidad de la resignación... 

Tranquilízate, lector, no supongas a Juan en el infier¬ 
no; su vida es una de tantas que, a semejanza de tenue 
copo de nieve, forma aquel potente y vigoroso alud re- 


— 65 — 



volucionario que un día aplastará esa sociedad infame 
que formaron los malos para explotar a los pobres. 


— 66 — 



BERNARD LAZARE 

La Justiciera 


U n día que la reina Berta supo que sus jueces ven¬ 
dían la justicia, se entristeció profundamente. Era 
una mujer de sentimientos elevados y corazón sensible, 
capaz de sentir los dolores de sus semejantes. El difunto 
rey, su esposo, fue un déspota fanático y sanguinario, 
un amo feroz, brutal; por lo que ella resolvió consagrar 
la existencia a hacer la felicidad de sus súbditos, con 
objeto de que éstos olvidaran las tiranías del anterior 
soberano, y, al propio tiempo, satisfacer una necesidad 
de su corazón. 

Cuando conoció las iniquidades de sus magistrados, 
se sintió desesperada. Pensó en las innumerables vícti¬ 
mas que habrían hecho y se estremeció al pensar que 
ella había contribuido a fomentar tanto mal. Sin em¬ 
bargo, la reina revistió siempre de armiño y púrpura a 
hombres de reconocida virtud, viejos austeros y jóve¬ 
nes enemigos del vicio, cuya benevolencia debía atem¬ 
perar la rudeza de los rígidos antecesores. Todos habían 
faltado a su misión, poniéndose del lado de los ricos, no 
escuchando las quejas del pobre, despojando al misera¬ 
ble de su viña. 

Escuchando el relato de tanto crimen, la reina lloró, 
como el día que le revelaron la maldad de su esposo. La 
desesperación llegó hasta el delirio, pues desconfió de 
la bondad e integridad de sus jueces hasta creer impo- 


— 67 — 



sible que la justicia pudiera hacerse con hombres tan 
refinadamente perversos. 

Desde entonces, la reina resolvió ser ella la justiciera; 
consolaría a los desgraciados en sus cuitas; distribuiría 
recompensas y castigos. Como su reino no era grande, 
podía cumplir, ella sola, la loable tarea que se había im¬ 
puesto, y viajando por montes y valles, constantemente 
escuchaba los lamentos de los desgraciados, los sollozos 
de los humildes. Era complaciente y benévola con los 
infelices, pero inflexible con los que atentaran al bien¬ 
estar de los demás. 

Una mañana llegó a un pueblo, en el que no había 
estado nunca, situado en el fondo de un valle solita¬ 
rio, rodeado por el circo verdoso de feraces montes, en 
un paisaje tranquilo, de opulenta alegría. Cuando baja¬ 
ba por el camino, serpenteando la falda del monte, las 
casas del pueblo aparecían como islas en medio de un 
océano dorado de hermosas mieses que, agitadas por el 
viento, producían ondulaciones y murmullos de apaci¬ 
ble encanto. La reina quedó admirada al contemplar tan 
grandioso espectáculo, y su regocijo fue inmenso pen¬ 
sando que en aquel rincón de su reino, en tan ameno y 
poético país, todos debían ser felices. 

Las gentes del pueblo salieron a recibirla, y colocán¬ 
dola en una litera, previo su consentimiento, la llevaron 
a la plaza, frente a la iglesia, donde habían construi¬ 
do, con maderas, una especie de tribuna, adornada con 
ricas telas y hermosas flores. Después de obsequiarla 
con manjares y frutas, un heraldo, desde el trono im¬ 
provisado, sonó tres toques de corneta, cuyos ecos re¬ 
percutieron en el valle, y luego invitó a todos los que 
tuviesen agravios o quejas que exponer que se dirigie¬ 
sen a la reina. 

Muchos llegaron hasta ella; hombres y mujeres, gen¬ 
tes de fino cutis y cuyas caras rebosaban satisfacción; 
vestían elegantemente trajes de rica tela. Todos se que- 


— 68 — 



jaban de recíprocas usurpaciones y la voz de cada uno 
adquiría una rudeza sorprendente cuando decían: “mi 
campo”, “mis frutos”. Inútilmente la reina intentó con¬ 
ciliar los intereses de todos: nada pudo conseguir. 

La visible aspereza de los tenaces señores la disgustó 
mucho y sólo se consoló al pensar que ninguno de ellos 
había cometido crímenes ni malas acciones. Iba a reti¬ 
rarse cuando reparó que, por en medio de la multitud, 
un hombre, con mano vigorosa, empujaba a un desgra¬ 
ciado haraposo, delgado, lívido, que todos a su paso sa¬ 
ludaban con golpes e insultos. Cuando llegó al regio tri¬ 
bunal, los soldados de la escolta lo cogieron y separaron 
del escandalizado populacho, al que la reina preguntó 
en alta voz cuál era el crimen del sujeto a quien todos 
tan malamente trataban. 

A esta pregunta sucedió inmediatamente un espanto¬ 
so clamor; todos avanzaron hacia el trono, y a un mismo 
tiempo pusiéronse a hablar. El que acababan de arras¬ 
trar hasta el trono no vivía, desde muchos años ha, más 
que de rapiñas y robos audaces. “Habita en el fondo de 
un monte lejano, en una choza solitaria; por las noches 
asalta los muros de nuestros corrales, saquea nuestros 
gallineros, ordeña nuestras vacas y diezma nuestros 
frutos. El mismo que le ha llevado hasta aquí acababa 
de sorprenderlo segando en uno de sus campos.” 

—¿Por qué tomas lo que no te pertenece? —le pre¬ 
guntó severamente la reina—. ¿No sabes que en nuestra 
religión y en nuestras leyes está escrito: “No robarás”? 

Iba a contestar el desgraciado, pero al ver las miradas 
amenazadoras de los que le rodeaban, alzó los hombros 
indiferente y la reina Berta no pudo conseguir del acu¬ 
sado ni una palabra de defensa. 

Entonces ella creyó ver en el haraposo un ser obs¬ 
tinado en el mal y decidió condenarlo a tres meses de 
calabozo. Después, como nadie se presentara, se levan- 


— 69 — 



tó la audiencia y tras algunas horas de reposo la Reina 
justiciera continuó su marcha. 

Tres meses después, al volver hacia la capital de su 
reino, Berta quiso pasar nuevamente por el valle de la 
abundancia. Era por la tarde, y al bajar la pendiente del 
monte la reina oyó clamores lejanos, gritos de amena¬ 
za, ira, desesperación y rabia, y al llegar a un pequeño 
llano que dominaba la villa, vio a lo lejos un gentío in¬ 
menso que gritaba desaforadamente, persiguiendo a un 
hombre casi desnudo. 

La noche se aproximaba, y al subir el fugitivo y sus 
perseguidores a la cumbre de una pequeña colina, a la 
luz de los últimos rayos del sol, la reina vio que la mul¬ 
titud iba armada de guadañas, hachas y hoces, que agi¬ 
taban furiosamente. 

Cuando los más ligeros y tenaces perseguidores se¬ 
guían de muy cerca al fugitivo, tropezó éste y cayó a 
los pies de un caballo de los del regio cortejo y los sol¬ 
dados avanzaron a contener la frenética muchedumbre. 
Aproximóse Berta al extenuado y andrajoso fugitivo y 
al fijarse en él lo conoció; era el ladrón que tres meses 
antes había condenado. 

Entonces ordenó que le levantaran y dirigiéndose a 
sus perseguidores les preguntó sobre la nueva fechoría 
que había cometido aquel miserable; el griterío fue tal, 
que nadie pudo oír lo que la multitud vociferaba. Iba a 
repetir la pregunta, cuando oyó detrás de ella estas pa¬ 
labras: 

—¿Preguntas cuál es el crimen de este hombre? Pues 
el de haber sufrido tu justicia. 

La reina se volvió y vio que el que hablaba era un 
viejo pastor de aspecto tosco, con barba hirsuta, canosa 
y tez tostada por el sol; con algo de desdén le dijo: 

—Explícate, buen hombre. 

—Con muchísimo gusto, reina: escúchame. Este hom¬ 
bre, por orden tuya, fue encerrado en un calabozo; du- 


— 70 — 



rante tres meses ha sufrido la sombría tristeza del ló¬ 
brego antro, el martirio de la falta de libertad; el dolor 
de estar separado de sus seres queridos. Ayer tarde, 
cuando los carceleros le abrieron la puerta, corrió como 
lobo herido hacia su choza y en ella encontró su mujer 
y su hijo muertos de hambre, porque durante su encie¬ 
rro nadie se había ocupado de socorrerlos. Entonces, 
el furor enloqueció a este desgraciado; y esta mañana, 
cuando el sol acariciaba al mundo prodigándole luz y 
calor, ha asesinado al que le llevó hasta tu tribunal. He 
ahí por qué esas gentes le persiguen; he aquí por qué te 
piden su muerte. 

La reina sintió que el llanto oprimía su pecho y mur¬ 
muró como si hablara consigo misma: 

—¡Luego yo no hice justicia! 

El viejo pastor la oyó y dijo: 

—Nadie puede administrar justicia a otro y tú menos 
que nadie, reina. Tú no tienes ningún derecho a ser jus¬ 
ticiera, puesto que contribuyes a perpetuar el mal. 

—¿Yo? —preguntó con viveza. 

—Sí, tú, porque tú eres la autoridad. ¿No eres tú quien 
defiende a los poseedores de la riqueza, la que protege 
a los opulentos que te rodean, a los detentadores de la 
tierra, gentes todas para quienes el pobre es un eterno 
enemigo? ¿No te has regocijado al contemplar la pros¬ 
peridad de este país? Sin embargo, dejaste de pensar, 
cuando te presentaron a este desgraciado, cuyo crimen 
consistía en querer vivir, que toda esta riqueza sólo sirve 
para unos cuantos y le castigaste diciéndole que nadie 
tenía derecho a apoderarse del bienestar los demás. No 
te preguntaste en virtud de qué anomalía social había 
un vagabundo, un desheredado en este valle de la abun¬ 
dancia, y le condenaste porque había querido comer. 
Tu justicia debe estar satisfecha porque ha causado la 
muerte a tres seres. 


— 71 — 



La reina bajó la cabeza, abatida, humillada; sus lágri¬ 
mas afluyeron con abundancia. Entonces comprendió 
la vanidad e impotencia de su justicia y se convenció 
de que mientras hubiese pobres y ricos, lo que se llama 
justicia no sería otra cosa que la defensa inicua y cruel 
de los segundos y la desgracia y abominación de los 
primeros; pensó que su poder sostenía todo eso tan bár¬ 
baro, y silenciosamente echó pie a tierra, abrazó al des¬ 
graciado, cuyo cuerpo desnudo temblaba por el frío de 
la tarde, y en voz baja le pidió perdón, mientras que 
el viejo pastor meneaba la cabeza diciendo: —A buena 
hora. 


— 72 — 



MAXIMO GORKI 

Coloquio con la Vida 

Estaban ante la Vida dos hombres, que eran otras tan¬ 
tas víctimas suyas. 

—¿Qué me queréis? —les preguntó. 

Uno de ellos contestó con voz lenta: 

—Me rebelo ante la crueldad de tus contradicciones; 
mi espíritu se esfuerza en vano por penetrar el sentido 
de la existencia y mi alma está invadida por las tinieblas 
de la duda. Sin embargo, la razón me dice que el hombre 
es el ser más perfecto del mundo... 

—¿Qué reclamas? —interrumpió impasible la Vida. 

—Quiero la dicha... Y, para poder realizarla, es preciso 
que concibes los dos principios opuestos que compar¬ 
ten mi alma, poniendo de apoyo mi “yo quiero” con tu 
“tú debes”. 

—No tienes nada que desear sino aquello que debes 
hacer por mí —contestó la Vida con dureza. 

—No, yo no puedo desear ser tu víctima. ¿Porque yo 
quisiera dominarte, estoy condenado a vivir bajo el 
yugo de tus leyes? 

—Modera tu énfasis —le dijo el que estaba más cerca 
de la Vida. Pero sin fijarse en sus palabras, el otro pro¬ 
siguió: 

—Yo quiero tener el derecho de vivir en armonía con 
mis aspiraciones. No quiero ser hermano ni esclavo de 
mi prójimo por deber; seré su hermano o su esclavo a 
mi gusto, obedeciendo a mi voluntad. Yo no quiero que 


— 73 — 



la sociedad disponga de mí como de una piedra inerte 
que ayuda a edificar las prisiones de su ventura. Soy 
hombre, soy alma, soy espíritu y debo ser libre. 

Espera —dijo la Vida con una sonrisa helada—. Has 
hablado lo bastante y ya sé todo lo que podrías añadir. 
¡Pides tu libertad! ¿Por qué no la ganas? ¡Lucha con¬ 
migo! ¡Vénceme! Hazte mi señor, y yo seré tu esclava. 
No sabes con qué tranquilidad me someto siempre a 
los triunfadores. ¡Pero es necesario vencer! ¿Te sientes 
capaz de luchar conmigo para librarte de tu servidum¬ 
bre? ¿Estás seguro del triunfo? ¿Confías en tu fuerza? 

Y el hombre contestó: 

—Me has arrastrado a un conflicto interior con mi 
propio yo; has afilado mi juicio, que, a la manera de una 
hoja mortífera, se hunde en lo más profundo de mi ser, 
aniquilándolo. 

—Háblale con más valor, no te quejes —observó su 
compañero. 

Pero el otro continuó: 

—¡Ah, si la tiranía me concediese una tregua! Dejad¬ 
me gozar de la dicha. 

La Vida volvió a sonreír con su sonrisa de hielo. 

—Dime: al dirigirte a mí, ¿exiges o pides una gracia? 

—Pido una gracia —contestó el hombre como un eco. 

—Imploras como un mendigo de solemnidad; pero has 
de saber, pobre hombre, que la Vida no da limosnas. Has 
de saber que un ser libre no pide nada; se apodera por 
sí mismo de mis dones... Tú no eres más que el esclavo 
de mi voluntad. Sólo es libre aquel que sabe renunciar 
a todos los deseos para dedicarse enteramente a conse¬ 
guir el fin elegido. ¿Has comprendido? Márchate. 

El hombre había comprendido y se tendió, como un 
perro dócil, a los pies de la Vida, para recoger humilde¬ 
mente las migajas de su festín. 


— 74 — 



Entonces las miradas de la Vida se dirigieron dulces 
hacia aquel que no había hablado aún y cuyas facciones 
estaban llenas de bondad. 

—¿Qué pides? 

—No pido nada: exijo. 

-¿Qué exiges? 

—¿Dónde está la justicia? Dámela. Más tarde sabré 
conseguirlo todo. Por el momento sólo quiero la justi¬ 
cia. He esperado mucho tiempo con paciencia, con ra¬ 
zones, sin el menor descanso. He esperado... pero llegó 
la hora. ¿Dónde está la justicia? 

—Tómatela —contestó la Vida, impasible. 


— 75 — 



ANATOLE FRANCE 


Un cuento de Año Nuevo 

H orteur, el fundador de la Etoile, el director políti¬ 
co y literario de la Revue National y del Nouveau 
Siécle Ilustré, habiéndome recibido en su gabinete, re¬ 
pantigado en su silla dictatorial, me dijo: 

—Mi buen Marteau, hazme un cuento para el núme¬ 
ro extraordinario del Nouveau Siécle. Trescientas líneas 
con ocasión del “año nuevo”. Alguna cosa viviente, con 
cierto perfume aristocrático. 

Contesté a Horteur que yo no podría hacerlo como él 
quería, pero que de buena gana le escribiría un cuento. 

—Me gustaría —dijo—, que se titulase “Cuento para 
los ricos”. 

—Yo preferiría titularlo “Cuento para los pobres”. 

—Es lo mismo. Un cuento que inspire a los ricos pie¬ 
dad para los pobres. 

—Es que precisamente no me gusta que los ricos ten¬ 
gan piedad de los pobres. 

—¡Bravo! 

—No bravo, sino científico. Creo que la piedad del 
rico hacia el pobre es injuriosa y contraria a la frater¬ 
nidad humana. Si queréis que hable a los ricos, yo les 
diré: “Ahorrad a los pobres vuestra piedad; para nada 
les sirve. ¿Por qué la piedad y no la justicia? Estáis en 
deuda con ellos; saldad vuestra cuenta. Esta no es cues¬ 
tión de sentimiento; es una cuestión económica. Si lo 
que les dais graciosamente es para prolongar su po- 


— 76 — 



breza y vuestra riqueza, ese don es inicuo y las lágri¬ 
mas que mezcléis no le harán más equitativo. Hay que 
restituir, como decía el procurador al juez después del 
sermón del hermano Maillard. Vosotros hacéis limosna 
para no restituir. Dais un poco para guardar mucho, y 
os felicitáis por ello. Así el tirano de Samos arrojó su 
anillo al mar. Pero la Némesis de los dioses no recibió la 
ofrenda. Un pescador devolvió al tirano su anillo dentro 
del vientre de un pescado. Y Polycrato fue despojado de 
todas sus riquezas.” 

—Estáis bromeando. 

—No bromeo. Quiero hacer comprender a los ricos 
que son benéficos con descuento y generosos de con¬ 
veniencia, que entretienen al acreedor y que no es así 
como se hacen los negocios. Es un aviso que puede ser¬ 
les útil. 

—Y queréis meter semejantes ideas en el Nouveau 
Siécle para acreditarlo. ¡Nada de esto, amigo mío, nada 
de esto! 

—¿Por qué queréis que el rico proceda con el pobre 
de otro modo que con los ricos y los poderosos? Les 
paga lo que les debe, y si nada les debe, nada les paga. 
Esta es la probidad. Si es honrado, que haga lo mismo 
con los pobres. Y no digáis que los ricos nada deben a 
los pobres. Yo no creo que lo piense ni un solo rico. Las 
incertidumbres comienzan al tratar de la extensión de 
la deuda, que no se tiene prisa por solventar. Se prefiere 
permanecer en la duda. Se sabe que se debe, no se sabe 
lo que se debe, y se entrega de cuando en cuando una 
pequeñez a cuenta. Esto se llama la beneficencia; y es 
muy ventajoso. 

—Pero lo que decís no tiene sentido común, mi que¬ 
rido colaborador. Yo tal vez soy más socialista que vos; 
pero soy práctico. Suprimir un sufrimiento, prolongar 
una existencia, reparar una pequeña parte de las injus¬ 
ticias sociales, ya es un resultado. El poco bien que se 


— 77 — 



hace, hecho queda. No es todo, pero es algo. Si el cuen- 
tecito que os pido enternece a un centenar de mis ricos 
suscriptores y les dispone a dar, esto se habrá ganado 
contra el mal y contra el sufrimiento. Así, poco a poco, 
se hace soportable la condición de los pobres. 

—¿Acaso es bueno que la condición de los pobres sea 
soportable? La pobreza es indispensable a la riqueza; la 
riqueza es necesaria a la pobreza. Estos dos males se en¬ 
gendran el uno al otro y se sostienen el uno por el otro. 
No se ha de mejorar la condición de los pobres: hay que 
suprimirla. Yo no induciré a los ricos a que den limosna, 
porque su limosna está envenenada, porque la limosna 
beneficia al que la da y daña al que la recibe, y porque, 
en fin, la riqueza, siendo por sí misma dura y cruel, no 
debe revestir la apariencia engañosa de la dulzura. Si 
queréis que escriba un cuento para los ricos, yo les diré: 
“Vuestros pobres son vuestros perros a quienes alimen¬ 
táis para morder. Los socorridos son para los poseedo¬ 
res una jauría que ladra a los proletarios. Los ricos no 
dan sino a los que piden. Los trabajadores nada piden; 
por lo tanto nada reciben.” 

—Pero, ¿los huérfanos, los enfermos, los ancianos? 

—Tienen derecho a vivir. Para ellos no excitaría la pie¬ 
dad, sino que invocaría el derecho. 

—¡Todo esto son teorías! Volvamos a la realidad. Me 
escribiréis un cuentecito con ocasión del año nuevo y 
podréis meter en él un poco de socialismo. El socialismo 
está en moda. Es una elegancia. No hablo del socialismo 
de Guesde, ni de Jaurés; sino del buen socialismo que 
la gente de mundo opone, con intención e ingenio, al 
colectivismo. Ha de haber en vuestro cuento figuras jó¬ 
venes. Se publicará con ilustraciones y la gente gusta de 
las láminas que representan asuntos agradables. Poned 
en escena una muchacha joven y hermosa. Esto no es 
difícil. 

—Efectivamente, no es difícil. 


— 78 — 



—¿No podríais también introducir en el cuento un 
muchacho deshollinador? Tengo una ilustración a pro¬ 
pósito, un grabado en colores que representa una linda 
joven que da limosna a un pequeño deshollinador en 
las escalinatas de la Magdalena. Sería una ocasión de 
utilizarlo. Hace frío, nieva, la linda señorita socorre al 
muchacho... ¿Os hacéis cargo? 

—Comprendo perfectamente. 

—Vos haríais primores sobre este tema. 

—Los haré. El pequeño deshollinador, en un transpor¬ 
te de agradecimiento, se arroja al cuello de la linda se¬ 
ñorita, que resulta ser la propia hija del señor conde de 
Linotte. Le da un beso e imprime sobre la mejilla de la 
graciosa criatura una pequeña “o” de hollín, una her¬ 
mosa “o” redonda y negra. La ama. Edma (porque ella se 
llama Edma) no se muestra insensible a un sentimiento 
tan sincero y tan ingenuo... Me parece que la idea es 
sugestiva. 

—Sí... Con esto podríais hacer algo. 

—Me animáis a continuar... De vuelta en su morada 
suntuosa del bulevar Malesherbes, Edma experimenta 
por primera vez repugnancia a lavarse, quisiera guar¬ 
dar sobre su mejilla la huella de los labios que en ella se 
posaron. Entre tanto, el chiquillo la ha seguido hasta la 
puerta y ha quedado en éxtasis bajo las ventanas de la 
encantadora muchacha... ¿Va bien así? 

—Bueno, sí. 

—Pues prosigo. A la mañana siguiente, Edma, acos¬ 
tada en su camita blanca, ve salir de la chimenea de su 
cuarto al pequeño deshollinador, que se arroja ingenua¬ 
mente sobre la deliciosa niña y la cubre de redondas “o” 
de hollín. He olvidado deciros que él es maravillosa¬ 
mente bello. La condesa de Linotte le sorprende en esa 
dulce tarea. Grita, llama. Se halla él tan ocupado que ni 
la ve ni la oye. 

—Mi querido Marteau... 


— 79 — 



—Se halla él tan ocupado que ni la ve ni la oye. Acude 
el conde, que tiene espíritu caballeresco, y coge al mu¬ 
chacho por los fondillos del pantalón, que es lo que ve 
primero, y le tira por la ventana. 

—Mi querido Marteau... 

—Abreviaré. Nueve meses después, el pequeño desho¬ 
llinador casaba con la noble señorita. No había tiempo 
que perder. He aquí las consecuencias de una caridad 
bien practicada. 

—Mi querido Marteau, ¿os habéis burlado bastante de 
mí? 

—No lo creáis. Voy a terminar. Casado con la señorita 
de Linotte, el pequeño deshollinador llegó a ser conde 
pontificio y se arruinó en las carreras. Hoy día es fu¬ 
mista en la calle de la Gaité, en Montparnasse. Su mujer 
despacha en la tienda y vende calentadores a 18 fran¬ 
cos, pagaderos en ocho meses. 

—Mi querido Marteau, esto no tiene nada de diverti¬ 
do. 

—Atended, mi querido Horteur. Lo que os acabo de 
contar es, en el fondo, La Caída de un Ángel, de Lamar¬ 
tine, y Eloa de Alfredo de Vigny. En todo caso, vale más 
que vuestras historietas lacrimosas que hacen creer a 
las gentes que son muy buenas, cuando no son buenas; 
que obran bien, cuando no obran bien; que es fácil ser 
bienhechores, cuando es la cosa más difícil del mundo. 
Mi cuento es moral. Además es optimista y acaba bien. 
Porque Edma encuentra en la tienda de la calle de la 
Gaité la felicidad que hubiera buscado en vano en las 
diversiones y en las fiestas de haberse casado con un 
diplomático o un oficial... Mi querido director, respon¬ 
dedme: ¿queréis mi cuento Edma o la caridad bien prac¬ 
ticada para el Nouveau Siécle Illustré? 

—¿Es que me lo proponéis seriamente? 

—Os lo propongo seriamente. Si no lo queréis, yo lo 
publicaré en otra parte. 


— 80 — 



—¿Dónde? 

—En un periódico burgués. 
—No creo que os lo admitan. 
—Pues ya lo veréis. 


— 81 — 



JOSÉ PRAT 


In vino veritas 

L a cena terminó a las dos de la madrugada. No en ín¬ 
timo, en imprevisto consorcio solamente, hazaña de 
la casualidad, aquel vis-a-vis, embarazoso al principio, 
fue gradualmente animándose al compás del tintineo 
de las llenas copas y al calor de los suculentos manjares. 

Al terminarla, el rojo zumo de la uva, apurado alegre¬ 
mente, había pasado a las mejillas y hecho desaparecer 
la timidez, convertida ya en bravio atrevimiento. 

El medianejo champagne espumaba en el cerebro. 
Éste huía ya a intervalos, se escapaba entontecido de la 
craneana cárcel, estrecha cuando el vino retoza. El café 
no había podido ¡qué había de poder! disipar los vapo¬ 
rosos celajes que en la imaginación flotaban, a medias 
descubriendo horizontes extraños y desconocidos. 

Y luego, la miajita del turbulento alcohol, el humo del 
cigarro que vela la escena, la carcajada intempestiva, el 
chiste que cosquillea en el oído, todo junto, eran agra¬ 
vantes momentáneamente risueños, motivos, preludios 
de escenas no calculadas. 

No era aún la borrachera, pero sí la alegría provocada. 
En la calle el frío debía ser intenso, a juzgar por el 
arropamiento de los presurosos, escasos transeúntes. 
Nosotros no lo sentíamos siquiera. El calor desarrollado 
en el estómago comunicábase a la epidermis, desafian¬ 
do la temperatura, circulando vibrátil en la sangre y en 
los nervios. 


— 82 — 



Nuestras carcajadas retumbaban estruendosas en el 
silencioso paseo. Los pies no pisaban muy firmes, que 
digamos; pero regíanse aún lo suficiente para no tam¬ 
balear. 

Mi media personalidad que quedaba buscaba a la otra 
mitad abandonada en la mesa del restaurant y, en éste 
su empeño, sólo tropezar lograba con lo desconocido 
que llevaba de bracete. 

Lo desconocido era la incógnita del arroyo. El algo 
doloroso que se vislumbra un momento y luego lo olvi¬ 
da el hastío. 

El dolor reía bajo la máscara de colorete. La seriedad 
se había convertido en chispeante tontez. Y ambos de 
bracete caminaban inseguros en perseguimiento de la 
bestialidad, dorada entonces por el deseo irreflexivo. 

A cada paso que daban, aumentaba la distancia que 
los separaba, acortada entonces por el nivel que provo¬ 
có el bíblico tambaleo de Noé. 

Finido el camino veíase al lupanar convertido en mus¬ 
límico harén. Y en el harén que miseria improvisa fue 
a dar de bruces mi media personalidad. La otra mitad 
preparaba entretanto una jugarreta maliciosa, amosca¬ 
da por el abandono en que le tenía, mientras la fiebre 
desnudaba a la Venus creada por la maldad pagana y la 
civilización católica. 

Mi medio yo iba a actuar de celebrante en el altar de 
aquella divinidad nada mitológica, ofreciéndola el ós¬ 
culo de la lascivia, cuando, al estallido de éste, hete ahí 
que se presenta de improviso mi otra mitad y cambia el 
ídolo al pedestal. 

Echéme atrás horrorizado, convulsivo. Frío sudor de 
muerte goteaba en mi frente. El vacío golpeaba en mis 
sienes con el martilleo de la lógica. ¿Fue la razón que 
vislumbra o fue el vino que la anubla? El acaso, ¿había 
tomado tal vez forma concreta? No puedo decirlo con 
palabra que pinte gráficamente aquel mi estado de 
ánimo. 


— 83 — 



Mi hermana, mi propia hermana, carne de mi carne, 
recuerdo de mis infantiles juegos, parte de mi ser, esta¬ 
ba allí inmóvil y sonriente, con la inmovilidad del ca¬ 
dáver, con la sonrisa del dolor, ofreciéndose a mi fiebre. 

No hablaba, no me conocía; extraña a mi presencia, 
flotaba en sus azules ojos la resignación de la víctima; 
la atrofia, producto de una serie de morales y materiales 
caídas, reflejaba en su mirada la sombría tristeza de la 
eterna noche oscura. 

Tuve miedo y quise huir, pero no podía. El terror había 
hecho brotar raíces en mis pies, parecidos a losas de 
plomo. De mi garganta se escapaban quejidos de abati¬ 
miento. Yo intentaba traducirlos en palabras de conmi¬ 
seración y simpatía, pero en vano. ¡Qué pesadilla! 

Tras unos minutos que pareciéronme siglos, llamar 
pude en mi auxilio a la voluntad tardía y arrancarme, 
con esfuerzo de náufrago, de aquel sitio. 

Recuerdo que mis vestidos se me antojaban mortajas 
al endosarlos de nuevo. Mortajas que produjeron soni¬ 
dos metálicos, notas argentinas que subían del suelo a 
mis oídos, ruidos siniestros que me persiguieron largo 
rato. 

Pude llegar a mi casa en medio de la torrencial lluvia 
que helaba aún más mi terror, monologando durante 
todo el camino, como si me hubiese vuelto loco, pala¬ 
bras incoherentes entre las cuales se destacaban las de 
¡mi hermana!, ¡hermana mía!, ¡víctima inocente!, ¡mal¬ 
ditos!... 

Después, quedéme dormido con la pesada somnolen¬ 
cia de la marmota. A la mañana siguiente, el sol lucía en 
la atmósfera todas sus ígneas galas, todos sus matices, 
desde el rojo sangre hasta el tenue carmín que colorea 
en las niveas mejillas de la doncella. Sólo faltaba, en 
aquella paleta de un solo color, el rojo del zumbante 
vino. Pero en mis oídos aún repercutía el ¡hermana y 
víctima!, siniestro del final de aquella orgía. 


— 84 — 



F. DOMELA NIEUWENHUIS 

La casa vieja 


E n cierta calle de cierta ciudad había una casa tan 
vieja que amenazaba derrumbarse, en cuyo caso 
muchas familias que la habitaban hubieran quedado se¬ 
pultadas bajo las ruinas. El propietario era muy avaro y 
no le inquietaba el estado de su finca, por más que viera 
el peligro que corrían los vecinos; pero, en cambio, era 
muy severo en exigir la puntualidad en el pago de los 
alquileres. 

La mayor parte de los inquilinos eran personas sen¬ 
cillas, buenas, demasiado ingenuas. Cuando oían crujir 
los muros o veían caer alguna piedra —signo precursor 
de próxima ruina— se decían que esto no significaba 
gran cosa y que todo quedaría largo tiempo de igual 
modo; además, el propietario refería que siempre había 
estado así. 

Sin embargo, el peligro amenazaba cada vez más. 
Se descubrió que la sola avaricia del propietario era la 
causa del mal estado en que se hallaba la casa y algu¬ 
nos vecinos que murmuraban fueron deshauciados por 
vía de justicia. Puede decirse que no pasaba día sin que 
ocurriese algún accidente, a veces bastante serio. 

Aumentaba el número de los murmuradores; pero el 
propietario era un mal hombre. Maliciosamente sem¬ 
bró entre sus inquilinos la desconfianza y la división, de 
tal modo que las disputas y querellas vinieron a ser lo 


— 85 — 



esencial y fue olvidada la causa principal, o sea, la ruina 
de la casa. 

El propietario se reía de la estupidez de sus inquilinos. 
Cada día la casa se hacía más vieja y ruinosa. Alguno 
tuvo el valor de exigir reparaciones. 

El propietario tuvo miedo. Los inquilinos pagaban sus 
alquileres como antes pero ya no eran sumisos. Buscó 
todavía el medio de calmarles. Prometió todo lo que 
quisieron y no hizo nada. 

Al fin, uno de los inquilinos reunió a los demás y les 
dijo: “La casa que habitamos es una casa desgraciada; 
todos los días somos víctimas de dolorosos accidentes; 
alguno de nosotros ya ha llevado al padre, la madre, 
el hermano, la hermana, el hijo o el amigo al cemen¬ 
terio. La causa de todos estos accidentes es el propie¬ 
tario, el cual sólo piensa en los alquileres y no en los 
inquilinos. ¿Debe esto durar mucho tiempo? ¿Seremos 
siempre tan necios para soportarlo? ¿Continuaremos 
enriqueciendo a ese avaro, arriesgando a cada instante 
nuestra vida?”. Muchos respondieron en alta voz: “¡No, 
no, basta!”. “Pues bien”, continuó el organizador de la 
reunión, “escuchadme...”. Y expuso que se debía exigir 
al propietario la demolición de la casa y la construcción 
de una nueva, más moderna y que respondiese mejor 
a los principios de la higiene, porque ya era inútil toda 
reforma en el viejo caserón. 

Muchos juraron no descansar hasta que la casa fuese 
demolida y se hizo una activa propaganda por esta idea. 
Desgraciadamente, les faltaba el talento de la palabra y 
del escrito. 

No faltaron vecinos de casas próximas que ofrecieron 
sus servicios, puesto que conocían el arte de hablar y de 
escribir. 

Se consideraron felices con esta oferta algunos de los 
interesados. Eran los ingenuos, que olvidaban pronto y 
con facilidad. Otros, por el contrario, recordaron que, 


— 86 — 



ya en otros casos, algunas personas habían ofrecido sus 
servicios pero que nada habían hecho. “Sed prudentes”, 
decían a los vecinos, “¿cómo queréis que un hombre 
que habita en una casa sólida y bien arreglada, que no 
conoce los peligros y la condición de una casa ruinosa, 
pueda representar nuestros intereses?” 

Nada quisieron escuchar. Los señores que habitaban 
buenas y sólidas casas obtuvieron la representación de 
los habitantes de la casa vieja, visitaron al propietario y, 
a pesar de su talento oratorio, no consiguieron ningún 
resultado. Indujeron entonces a sus representados a que 
enviasen al propietario un número mayor de represen¬ 
tantes. 

Como el propietario era rico, fueron muchos los que 
se disputaron el honor de ser nombrados representan¬ 
tes, para ir a visitarle. “Mirad”, parecía que andaban di¬ 
ciendo por la población los ambiciosos satisfechos que 
iban a visitar al propietario, “nosotros estamos en rela¬ 
ciones con este gran rico”. 

Desde entonces, raramente se presentó la cuestión: 
“¿Cuáles son las mejoras de que hay necesidad?”. Y mu¬ 
chas veces esta otra: “¿Cuáles personas representarán 
los intereses de los inquilinos?”. 

La disputa continúa siempre. Los inquilinos habitan 
siempre la casa vieja, cada día más ruinosa, más peli¬ 
grosa, y el propietario se ríe tranquilamente de la in¬ 
genuidad de los que continúan pagándole alquileres y 
enriqueciéndole. 


*s *s *s 

La casa es la sociedad actual. El propietario es la bur¬ 
guesía, la clase poseedora. Los inquilinos son los prole¬ 
tarios. 

Está ruinosa la casa y debe ser demolida. La burgue¬ 
sía no tiene corazón. Los proletarios están embruteci¬ 
dos bajo su dominio. 


— 87 — 



La lucha por la representación de los intereses desvía 
del verdadero objeto que se persigue. No es un cambio 
de personas lo que importa, sino el cambio de la sociedad 
entera, en su conjunto y en sus partes. Ninguno puede 
garantizar que un hombre será mejor que los otros, por¬ 
que cada hombre es el producto de las circunstancias y 
del ambiente que le circunda. No se respira aire sano en 
una atmósfera pestilente. 

No queremos que el esclavo venga a ser amo y el amo 
esclavo, porque sería un cambio de personas y no de 
sistema. Cuando los que ahora están abajo subiesen 
mañana a lo alto y los que están en lo alto descendiesen 
abajo, ¿habría acaso cambiado algo seriamente o se ha¬ 
bría conseguido útilmente alguna ventaja? 

La venganza pertenece a los dioses, los hombres deben 
mostrar que son superiores preparando un ambiente en 
que será destruido todo lo que es bajo e innoble. 

Los que causan el hambre, los satisfechos no nos com¬ 
prenden; viven al lado de los hambrientos, con los no 
satisfechos, pero los unos ignoran cómo viven los otros. 
Son como dos naciones en un mismo país. Cuando un 
hambriento llega a ser burgués satisfecho, resulta peor 
que los ricos de nacimiento. Por lo tanto, el proletaria¬ 
do no debe poner sus intereses en manos de represen¬ 
tantes burgueses, ni de representantes obreros que se 
hacen burgueses luego. Crear un ambiente de paz y de 
bienestar para todos, éste es el verdadero socialismo. 


— 88 — 



JACOBO CONSTANT 


El asunto Barbizette 

C iertamente, señor abogado, yo rindo un sincero ho¬ 
menaje a las cualidades oratorias que harían de vos 
una de las ilustraciones del Foro, si no pusieseis con 
demasiada frecuencia vuestro talento al servicio de teo¬ 
rías detestables. 

—Veo, señor fiscal, que no perdonáis mi defensa de 
ese pobre Barbizette. 

—Es vuestro oficio, señor abogado, poneros enfrente 
del ministerio público. Sin embargo, confieso que toda la 
sala vio con asombro la vehemencia con que me habéis 
combatido. Vuestro discurso nos ha confundido tanto 
más cuanto que la causa era poco interesante y los de¬ 
bates tenían lugar entre nosotros, a puerta cerrada. 
—He hablado con mi alma y mi conciencia. 

—No lo dudo y es lo que siento. ¡Ah! Vos también os 
dejáis corromper por el espíritu del siglo. Pertenecéis a 
esa nueva escuela de magistrados que olvidan las sanas 
tradiciones de la justicia para obedecer a no sé qué ilu¬ 
siones humanitarias. Los sofismas sobre que establecéis 
vuestra doctrina son más peligrosos para la sociedad 
que las bombas anarquistas. Porque, en fin, si pretendéis 
hallar en las acciones más reprensibles un atenuante, un 
paliativo, bajo pretexto de que la mayor parte de ellas 
provienen más de la fatalidad que pesa sobre el culpable 
que de la maldad de la intención, la Justicia pierde el 
derecho de castigar y tendrá que volver a la vaina la es- 


— 89 — 



pada inútil. Los tribunales y las cárceles pueden cerrar 
sus puertas... 

Cuando se halló en su gabinete y hubo cambiado la 
toga majestuosa por el vulgar chaquet, el señor fiscal 
Letournois hinchó su voz y soltó grandilocuentes perío¬ 
dos como si se hallase en el recinto del pretorio. Satis¬ 
fecho de su elocuencia, acarició con gesto familiar sus 
cortas patillas grises y afirmó sobre su nariz borbónica, 
adornada con una verruga, los lentes que se habían des¬ 
lizado. Una sonrisa irónica animó el rostro del abogado 
Briard. 

—Sin embargo, el Código mismo admite que por la 
intención se juzga la culpabilidad. Ahora bien, ¿esta in¬ 
tención malvada existe cuando resulta del examen de 
los hechos que la infracción cometida ha tenido por 
causa determinante o la falta de discernimiento moral, 
o una necesidad más imperiosa que todo razonamiento 
y que toda retentiva, o una pasión más violenta que la 
voluntad del culpable? Es lo que he tratado de demos¬ 
trar en mi defensa de Barbizette. En el fondo, no es por 
completo el repugnante personaje, el innoble sátiro que 
vos pintasteis. Es un desgraciado que no ha sabido re¬ 
sistir a sus instintos. Si le hubieseis visto después del 
juicio, aplastado, lamentable, sacudido por profundos 
sollozos, dándose cuenta sólo entonces de la gravedad 
de su caso, os habrías llenado de piedad. 

—El terror del castigo trae la tardía explosión de los 
remordimientos. 

—No son remordimientos... Es la desesperación del 
impotente cogido entre las ruedas de una fatalidad 
inexorable. Veamos, haced abstracción, por un instante, 
de vuestra personalidad y probad de poneros en lugar 
del llamado Barbizette, con toda su mentalidad falsa y 
su ignorancia... 

La enormidad de la hipótesis hizo saltar al señor Le¬ 
tournois. 


— 90 — 



—¿Cómo queréis que yo adquiera el estado de espíri¬ 
tu de un padre desnaturalizado que viola a su hija? 

—Resumamos los hechos... Barbizette enviudó hace 
años. Su hija se educó lejos, en casa de los abuelos. Él 
vivió solo y triste como un oso en su cubil. Reparad 
que está todavía en toda la fuerza de la edad. Sin em¬ 
bargo, su conducta es ejemplar: no tiene querida, sacri¬ 
fica raras veces en los altares de la Venus callejera. Un 
día entra en su casa esa gran muchacha rubia, ojos de 
terciopelo, cuyos diez y seis años parecen veinte y sus 
costumbres ya algo más que ligeras. Cada mañana —te¬ 
nemos testigos fehacientes— María Barbizette se pasea 
casi desnuda por la habitación de su padre y procede a 
sus abluciones, a su toilette, a la vista del acusado. Una 
noche el deseo sexual es más fuerte que las vagas no¬ 
ciones morales que pueda haber en el cerebro rudimen¬ 
tario de Barbizette. Se ha cumplido lo irreparable. 

—¿Creéis que la víctima haya consentido sin violen¬ 
cia? 

— ¡Pardiez! Si ella ha negado luego es porque los cari¬ 
tativos vecinos que avisaron a la policía le inspiraron el 
terror de la cárcel. Después, como no es tonta, ha com¬ 
prendido que su calidad de víctima le granjeaba sim¬ 
patías; en fin, los interrogatorios fueron llevados de tal 
suerte que el sentido de las respuestas es invariable... 

Al quedar solo, el señor fiscal sacudió la cabeza con 
disgusto, a la vez que secaba los cristales empañados de 
sus lentes. Las teorías del señor Briard le habían siem¬ 
pre parecido exageradas y subversivas, pero era inaudi¬ 
to que osase excusar un crimen que la Ley, la Religión 
y la Moral de acuerdo revisten de una infamia particu¬ 
lar. Ese inmundo Barbizette había confesado; el tribunal 
había sentenciado; era justo que el criminal expiase su 


— 91 — 



crimen. Por otra parte, ¿qué importa el sufrimiento y la 
desesperación de un individuo, en comparación con los 
intereses sagrados de la sociedad que exige la estricta 
aplicación de las leyes? 

Sumergido en estos austeros pensamientos, el señor 
Letournois olvidaba una cita. El triple tintineo del reloj 
le llamó a la realidad. 

—¡Y Rosalía que me está esperando! 

Rosalía era una modistilla rubia, de ojos azules, aire 
ingenuo, talle fino y espléndidas caderas. Para nadie era 
un secreto que el señor fiscal no era feliz en su casa. 
Así es que, dejando en el Palacio de Justicia la gravedad 
profesional, buscaba afuera amables compensaciones. 
Era parroquiano de una casa clandestina de apariencia 
digna y severa, donde expertas matronas atraían para 
los clientes escogidas jóvenes obreras, cansadas de un 
trabajo poco remunerador, y pequeñas burguesas prác¬ 
ticas. 

El señor Letournois, habiendo admirado por la ciudad 
a la elegante modistilla, encargó a “madame Eleonore” 
que solicitase los favores de la hermosa muchacha. La 
destreza de aquella mujer y una generosidad bien en¬ 
tendida triunfaron fácilmente de los escrúpulos de Ro¬ 
salía y aquel día mismo acababa de aceptar “poner su 
capital en acciones”. 

Cuando el señor Letournois entró en la habitación 
que le habían reservado, sufrió un deslumbramiento. 
Vestida con un deshabillé lujoso prestado por la casa, 
la carne rubia entre vaporosos encajes, Rosalía era aún 
más bella de lo que él había imaginado. 

Por más que la voz del deseo hablaba ya muy alto, 
el señor fiscal, temiendo siempre el chantaje, no olvidó 
sus habitudes de prudencia, sin dejar de acariciar con 
sus patillas grises las mal veladas redondeces. A fin de 
abrirse el apetito, interrogó a la joven sobre su vida, 
sus padres, sus antecedentes. Pensando en los próximos 


— 92 — 



goces, escuchaba distraídamente, cuando de pronto un 
nombre patronímico, una fecha de nacimiento, varios 
detalles le emocionaron. Lejanos recuerdos se desper¬ 
taron en su memoria y en ella tomaron vida sucesos de 
mucho tiempo olvidados. 

—Entonces, ¿usted es la hija de Pierrette Riverend? 

Pierrette Riverend era modista en Poitiers en la época 
en que el señor Letournois, estudiante imberbe, cursaba 
sus estudios en la facultad de Derecho. Reducido a una 
mísera pensión por un padre avaro, se aburría mucho 
en aquella vieja ciudad en que los muros rezumaban 
tristeza; el joven se consideraba dichoso con el amor 
tierno y desinteresado de Pierrette. El idilio duró dos 
años, hasta que se descubrió que estaba embarazada. En 
aquellos días el señor Letournois había terminado vic¬ 
toriosamente los ejercicios del doctorado y no le queda¬ 
ba ninguna excusa para continuar en Poitiers. Por otra 
parte, esos amores de grisetas y estudiantes son siem¬ 
pre efímeros y no se consideran uniones serias. 

No había vuelto a oír hablar de su antigua querida y 
por la misma Rosalía supo el viaje de Pierrette a París, 
sus tristes noches en el hospital de la Maternidad y, al¬ 
gunos años más tarde, su muerte a consecuencia de un 
catarro descuidado que degeneró en tuberculosis. 

A pesar del disgusto que le causaba este descubri¬ 
miento, el fiscal se veía obligado a rendirse a la evi¬ 
dencia. Rosalía era su hija y el incesto pesaba sobre sus 
cabezas como la espada de Damocles. Una interior ver¬ 
güenza turbó la limpidez de la conciencia del magis¬ 
trado. Entonces pensó en las palabras del señor Briard 
y reflexionó que tal vez había sido algo duro en su re¬ 
quisitoria contra Barbizette. En verdad que, después de 
todo, el caso no era el mismo, porque, al fin, nadie más 
que Letournois conocería jamás la verdad, mientras que 
Barbizette daba su estupro en espectáculo a toda la ciu- 


— 93 — 



dad. Lo que la sociedad debe castigar sobre todo es el 
escándalo. 

Claras llamaradas se elevaban en la chimenea, un de¬ 
licado perfume de heliotropo blanco y de violeta flotaba 
en la habitación... La muchacha sonreía con sus peque¬ 
ños blancos dientes. 

El señor Fiscal olvidóse de la Sociedad, de la Moral, de 
la Ley, del Universo entero. 


— 94 — 



JULIO CAMBA 


Matrimonios 

E staban frente a frente, recostados en sendas butacas, 
al pie del balcón medio entornado. 

Caía la tarde con serenidad augusta. La habitación iba 
llenándose de sombras y el silencio de los dos cónyuges 
se hacía más hostil a medida que las sombras avanza¬ 
ban. Imponíase una explicación. 

—¿De manera —dijo él— que yo soy uno de tantos? 
Ella calló. 

—Contesta. 

Ella permaneció callada con el mismo silencio inquie¬ 
tante de las sombras que la envolvían. 

De pronto se irguió en un arranque de soberbia. 

-Sí. 

Recorrió la habitación, pisoteando el suelo, como si 
quisiera aplastar algo contra él. 

—Sí... —volvió a decir—. Eres uno de tantos. Nada más 
que uno de tantos —y cerrando el balcón tomó a sentar¬ 
se en la butaca, serena, decidida, como aguardando la 
respuesta del esposo. 

—Pero... Tú estás loca, hija mía, irremisiblemente loca 
-exclamó él. Ella soltó una carcajada y cambió de pos¬ 
tura. En la sombra, el marido sólo veía la fosforescencia 
de sus ojos, aquella extraña fosforescencia que le hacía 
temblar. 

Así estuvieron un rato: esperando ella, esperando tam¬ 
bién él. Por fin, él se decidió; arrastró su butaca hasta 


— 95 — 



unirla a la de su esposa, agarró a ésta por las muñecas 
y exclamó: 

—Yo soy tu marido ¿sabes? Tu marido. 

Ella volvió a reírse, con risa nerviosa que explotó en 
el silencio como una protesta. 

-¿Y qué? 

La indignación del hombre llegó a su grado máximo. 

—¿Y qué? Que yo soy tu amo; entiéndelo bien, ¡tu 
amo! Que eres mía y que no puedes entregarte a otro. 
Lo que vienes haciendo desde que nos casamos te cu¬ 
briría la cara de vergüenza si fueras una mujer honrada. 

Ella respondió tranquila: 

—No lo soy. 

—¿No lo eres? 

—No lo soy. 

Y luego, con ira, repuso: 

—Tú tienes la culpa. 

Se levantó, sentándose inmediatamente. Estaba furio¬ 
sa como una gata encerrada. 

—Tú tienes la culpa. Yo no te quería a ti. Quería a otro 
que no era rico, y creo que si fuera rico no lo querría 
tanto. Lo quería tal como era, pobre y defectuoso. Tal 
vez lo quería por defectuoso y por pobre, que el amor 
se siente y no se razona. Mi cuerpo y mi alma le hubie¬ 
ra dado al comprender que esto pudiera alegrar un solo 
instante de su vida. Mi cuerpo, limpio de todo amor car¬ 
nal. Mi alma, que ningún deseo había maculado. Tú me 
compraste, halagando con tus riquezas el egoísmo de los 
que mandaban en mí. Nos casamos. La primera noche 
gocé contigo la satisfacción de todos mis anhelos. Pero 
yo no te veía a ti en aquellos instantes: lo veía a él. Su 
recuerdo era lo que espiritualizaba el placer carnal que 
yo sentía, impidiéndome desfallecer de náuseas entre 
tus brazos. Después... 

El acercó sus labios a los de ella, como si quisiera ab¬ 
sorber sus palabras antes que las pronunciase. 


— 96 — 



—¿Después...? 

—Después me diste asco, amigo mío. Igual que antes, 
igual que ahora... 

—¡Infame! -gritó él. 

—Es inútil que grites. No me harán efecto las injurias 
que me puedas dirigir. Además, el momento no es a pro¬ 
pósito para declamaciones teatrales. Y luego, ¡te pones 
tan ridículo cuando te irritas...! Tu indignación es alta¬ 
mente cómica, amigo mío; es una indignación como la 
del asno apaleado. 

Él se apretaba los puños, iracundo. 

Ella siguió: 

—Me diste asco y sentí vergüenza de mi debilidad. 
Ya que no podía unirme con mi hombre, entreguéme a 
todos los hombres que tuve a mi lado. Así conseguí dig¬ 
nificarme en cierto modo ante mí misma. El gozar libre¬ 
mente, aunque no fuese gozar verdadero amor, indem¬ 
nizábame del gozar obligado contigo que se me había 
impuesto. He aquí la clave del enigma. ¿Te satisface? 

Él levantó un puño amenazante. En seguida se dejó 
caer sobre la butaca, oprimiendo la cabeza entre las 
manos. 

—¡Mi nombre! —sollozaba—. ¡Mi nombre manchado 
así, por una mujer indigna! 

—¿Tu nombre? Pobre nombre el tuyo cuya limpieza 
depende de mí. Todos sois iguales. Cifráis vuestra hon¬ 
radez en la honradez de vuestras mujeres. Bien se co¬ 
noce que la honradez es una palabra huera, hecha por 
vosotros a vuestro antojo. 

Callaron. 

De la calle subían murmullos alegres que hacían pen¬ 
sar en una humanidad feliz. Y el murmullo de felicidad 
que emergía de la calle indignaba a aquel pobre hom¬ 
bre, incapaz de sentir más placer que el suyo. 

Con voz ronca, murmuró de improviso: —¡Pobre de 
mí! 


— 97 — 



Ella sonrió. 

—¡Pobre de ti! Has bebido el placer en todas las copas. 
Te has ido con todas las mujeres que te han gustado. Y 
me reprochas a mí por haber hecho lo mismo con los 
hombres que más me placieron. Si no fueras un imbécil, 
te diría que eres un canalla. 

Sonó el timbre de la habitación. Abrióse la puerta y 
apareció un lacayo. 

—¡Señoritos! El señor Fernández. 

—¡Ah! ¿Está ahí Fernández? Que pase —dijo el mari¬ 
do. 

Y encendió la luz. 

—Conque solitos, ¿eh? ¡Pero qué deliciosa la vida de 
ustedes! —dijo Fernández cuando hubo entrado. 

—No muy opulenta pero, por lo menos, no somos 
como esos matrimonios que se tiran a todas horas los 
trastos a la cabeza. 

—Lo mismo digo yo —replicó Fernández, un burgués 
de redondeado abdomen. Y, para sus adentros— Si éstos 
supieran... 


— 98 — 



JULIO BURELL 

Jesucristo en Fornos 


B ajaba hasta la calle, como catarata de la orgía, el es¬ 
truendo de aquella dorada locura que allá en lo alto, 
en el confortable rincón del restaurant a la moda, se 
anegaba en champagne y se ahitaba de besos, de trufas 
y de ostras. 

—¡Que la Peri dé cuatro pataítas sobre la mesa...! Que 
Lucy baile con Gorito Sardona el pas a quatre —grita¬ 
ban como energúmenos los jóvenes alegres. 

Y mientras Polito estampaba con sus labios borrachos 
un cómico beso sobre la frente de Matilde, y mientras 
Malibrán pasaba su brazo por el talle de Susana, la voz 
del viejo Cisneros dejóse oír formidable y terrible: 

—Hijos míos —exclamó, adoptando actitudes tribu¬ 
nicias— sois unos sinvergüenzas; no valéis para nada; 
viejo y todo, estoy seguro de que estas nobles damas me 
encuentran más guapo y más fuerte que vosotros... 

Un aplauso formidable, un “¡hurra!” entusiasta res¬ 
pondió a las palabras del sátiro... Y Cisneros continuó. 

—Si no fuerais gente que pierde la cabeza con cuatro 
copas de champagne; si supierais respetar a las señoras 
y honrar con una compostura decorosa mis canas vene¬ 
rables, os invitaría. 

— ¡Viva Cisneros! 

—¡Viva el amigo de la juventud y de los placeres ho¬ 
nestos! —gritó el distinguido concurso. Y el reverdecido 
sileno acabó la frase diciendo: 


— 99 — 



—Os invitaría a vaciar una copa de manzanilla en casa 
de la Peri y a ganaros honradamente unos cuantos bri¬ 
ses a un baca-rrat tournant. 

La última palabra determinó un verdadero delirio. El 
pobre Cisneros era abrazado, estrujado, besado... Mali- 
brán, dejando el talle de Matilde, corrió al piano y tocó 
el himno de Boulanger. La Peri, tomando el brazo de 
Cisneros, hizo ademán de adelantarse a la puerta y, con 
una graciosa reverencia, dijo en tono de gran duquesa: 

—Señoras y señores: espero a ustedes, con mi real es¬ 
poso, en nuestros augustos salones. 

Chocaban las copas, chocaban los cuerpos, el piano 
arrojaba un vértigo de salvajes ruidos... De pronto, la 
Peri se separó de Cisneros y lanzó un grito terrible. 

—¡Federico!, ¡Federico! 

Nadie había visto entrar a aquel hombre; la puerta no 
se había entreabierto siquiera... 

El asombro fue general. Cesaron en su vértigo los 
cuerpos, calló el endiablado piano. Circuló por el aire 
de bacanal una corriente de miedo... Sólo la Peri se atre¬ 
vió a acercarse al recién llegado: 

—¡Federico, Federico mío! Háblame, sácame de esta 
pesadilla... Yo amortajé tu pobre cuerpo, yo besé tu cara, 
cien y cien veces para darte calor; yo insulté a la muer¬ 
te cuando te metieron en la caja; yo cubrí tu sepulcro 
de flores... No eras nada mío, y eras la única luz de mi 
alma; te llamaba la gente perdido, y sólo yo, la Peri, la 
pública, sabía que el corazón no te cabía en el pecho y 
que eras bueno y leal y noble... La noche de tu suicidio 
creí volverme loca. No te mataste tú; te mató el mundo, 
el mundo que aquí se emborracha con la Peri, diciéndo- 
le que baile, y después hace mil reverencias a Currita 
llamándola virtuosa; el mundo que hallaba infame tu 
cariño y el mío te llamaba tonto porque no explotabas 
a Augusta. 

El desconocido tendió la mano a la mujerzuela. 


— 100 — 



—Te equivocas —le dijo—, no soy Viera; no soy tu Fe¬ 
derico; mira esta mano atarazada, mira este costado san¬ 
griento; deslumbra tus ojos el místico nimbo que sobre 
mi frente resplandece. Soy la voz de todos los dolores, 
el eco de todos los torrentes, la sombra protectora de 
todo lo que cae, la última esperanza de todo lo que va 
muriendo. Soy también el amor que redime, soy la hu¬ 
mildad que persona, la mansedumbre que no se cansa, 
la llama que conforta y no quema. Soy el que nunca 
muere, el que nunca pasa, el que se alegró en Galilea y 
sudó sangre en Jerusalén. El que perdonó a la adúltera, 
el que curó al leproso, el que confundió al fariseo, el 
que templó su sed en el cántaro de la samaritana. El que 
dijo al rico codicioso: “Deja tu casa y tu heredad y sigue 
mis pasos”. El que enseñó al pobre a vivir contento con 
solo el pan de cada día. El que perdonó las injurias, el 
que convirtió su cuerpo en pan de las almas, el que dijo: 
“Perdonadles, que no saben lo que hacen”, y redimió, 
con su sangre divina, el pecado mortal del hombre. Soy 
Cristo... Abrázame. 

El estupor primero había producido, a su vez, un si¬ 
lencio profundo. El desconocido pudo pronunciar en 
paz solemne y casi religiosa sus divinas palabras. Pero, 
pasada la sorpresa, el ataque neurósico de aquellas gen¬ 
tes distinguidas alcanzó proporciones de escándalo. 

— ¡Fuera! ¡Fuera! 

—¡Embustero! ¡Anarquista! —gritaban todos como 
energúmenos. 

—¡Ahí va eso! —dijo Gorito Sardona arrojando sobre 
aquella sombra misteriosa una copa de champagne. 

—¡Camarero! —exclamó indignado Malibrán—. ¿Qué 
servicio es el de esta casa? ¿Cómo pueden llegar hasta 
nosotros estos tipos? 

El desconocido, sin inmutarse ni moverse, con expre¬ 
sión de paz sublime en el rostro, volvió a hablar, lleno 
de dulzura: 


— 101 — 



—Yo perdono vuestros delirios: sois carne y sois peca¬ 
do; pero también podéis ser arrepentimiento y amor... 
La hora presente es casi igual a aquella terrible y su¬ 
prema en que fui llevado hasta el Calvario. El egoísmo, 
la ambición, la soberbia y el orgullo humanos se pa¬ 
sean frenéticos por el mundo. Vuestros corazones están 
mucho más fríos que el triste cuerpo de Lázaro. Los de 
arriba, cabalgáis sobre los siete pecados capitales. Los 
que están abajo, sólo ponen sus esperanzas en el odio 
que envenena y en la dinamita que mata. Mientras vo¬ 
sotros os prostituís en la carne y en la lujuria, a vuestro 
lado, sobre las aceras de la calle, hay niños que lloran 
de hambre y frío; mientras vosotros entonáis el himno 
de la locura envilecida, allí abajo hay otros, hay otros 
locos que esperan la hora de suprimiros... ¡Y es tan fácil 
tener caridad, y es tan dulce sentir amor! Venid a mí; yo 
perfumaré vuestras almas con la flor mística de Sión; yo 
trocaré vuestra lascivia en suave llama del espíritu; yo 
fertilizaré la tierra seca de vuestros corazones agotados; 
yo daré de beber a vuestros labios sin calor, la sangre 
ardiente de mi costado herido... Venid, ¡soy la única es¬ 
peranza! 

—¡Luera! ¡Luera! —volvieron a clamar los caballeros y 
las damas. 

—¡Camarero, ponga usted a este anarquista en la calle! 
—gritó Malibrán. 

—¡Bah! Lo mejor es darle un puntapié —dijo Cisneros 
y se lanzó hacia la sombra. Pero la Peri le detuvo por el 
brazo. 

—Mira, viejo borracho —le dijo— si das un paso te es¬ 
trangulo. 

Y al decir esto, llegó hasta ella una llama deslumbra¬ 
dora: era el rastro luminoso que, al alejarse, había deja¬ 
do el desconocido. 


— 102 — 



ALFONSO KARR 


La Gloria Militar 

L a ciudad se hallaba muy sobreexcitada por tener gue¬ 
rra declarada a otra ciudad tan pequeña como ella, si¬ 
tuada a cuatro o cinco leguas de distancia. Los historiado¬ 
res asignan varias causas a esa guerra, sobre la cual me he 
entregado a minuciosas investigaciones. 

Uno de ellos, perteneciente a la ciudad de Nihilburgo, 
comienza imitando el género de Tácito, que dice: Urbem 
a principio reges habuere. “Dios creó el cielo y la tierra.” 

Luego, después de referir el crimen de los hombres y el 
diluvio, colada tan enorme como fracasada y poco eficaz, 
explica cómo repoblaron la tierra los hijos de Noé, y como 
consecuencia de lo cual, y de otras varias circunstancias 
que no son del caso, la ciudad de Nihilburgo se compone 
en la actualidad de 260 habitantes. 

Del relato algo difuso de dicho historiador, como de las 
tradiciones del país, resulta que las primeras querellas 
entre las dos ciudades provinieron de un olmo plantado 
en el límite de los dos Estados, que cada uno pretendía 
pertenecerle. 

La querella en cuestión se apaciguó por una idea inge¬ 
niosa de uno de los príncipes de Nihilburgo, quien, des¬ 
pués de largas y crueles guerras, propuso y fue aceptado, 
hacer con el olmo una hoguera de alegría a cuyo rededor 
danzaron, enlazados fraternalmente de las manos, los ha¬ 
bitantes de ambos países. Conviene decir que los historia¬ 
dores de la otra ciudad pretenden, al contrario, que fue un 


— 103 — 



duque de Microburgo quien tuvo la feliz idea, refiriendo a 
este propósito que se realizó en 1645, y la cosa se encuen¬ 
tra así consignada en los anales de Microburgo. 

1492.— Luis, duque reinante, inventa una manera nueva 
de hacer la conserva de ciruelas el año mismo en que Cris¬ 
tóbal Colón descubrió América. Reina, rodeado de la ve¬ 
neración pública y del amor de sus vasallos, hasta 1517. 

1517.— Maximiliano, gana numerosas victorias sobre 
los habitantes de Nihilburgo y muere cubierto de gloria 
en 1540. 

1540.— Guillermo. Tenía un vientre muy abultado. 

1580.— Luis II. Este reinado se considera a justo título 
por los escritores políticos como la continuación del pre¬ 
cedente. 

1623.— Luis III. Conquista en Nihilburgo 26 haces de 
heno y un cerdo cebado. 

1645.— Guillermo II. En su reinado se quema el olmo 
que fue causa de la guerra entre los dos países. 

Por su parte, los nihilburgueses pretenden, con apa¬ 
riencia de razón, que de esa nota no se deduce que fuese 
el duque Guillermo quien tuvo la idea de quemar el olmo, 
porque el historiador dice, sencillamente, en su reinado. 

En efecto, puede decirse que Racine escribió su comedia 
Les Plaideurs (los pleiteantes) bajo el reinado de Luis XIV; 
lo que no quiere decir que el autor de Les Plaideurs fuese 
Luis XIV. 

Como quiera que sea, una vez quemado el olmo, cuyo 
acto pareció tan laudable a los dos países, surgieron nue¬ 
vos conflictos; es verdad que el árbol, colocado en el límite 
de los dos Estados, servía de pretexto a incesantes dispu¬ 
tas, pero cuando desapareció se confundieron los límites 
y las usurpaciones mutuas produjeron nuevas guerras. En 
los anales de Microburgo referente a 1647 se leen estas 
palabras: 

“Nueva guerra con los nihilburgueses a causa de la re¬ 
colección, indebidamente hecha por ellos, de medio cele¬ 
mín de cebada sobre las tierras de Microburgo.” 


— 104 — 



Además de las causas políticas, diferentes causas que 
la dignidad del historiador pasa en silencio, pero que la 
tradición conserva, mantenían el desacuerdo entre las dos 
naciones. Las microburguesas gozaban fama de tener ex¬ 
celentes pantorrillas y usaban faldas cortas. 

Las damas de Nihilburgo, que, por el contrario, usaban 
faldas largas, pretendían o afectaban no saber qué funda¬ 
mento tenía aquella fama y afirmaban que si las conve¬ 
niencias no les obligasen a llevar faldas largas y si, como 
las mujeres de Microburgo, quisieran sacrificar el pudor 
a una tonta vanidad, podrían mostrar con qué abatir el 
orgullo de aquellas damas, pero no lo hacían porque con¬ 
sideraban más honroso para ellas que se dijese: no se sabe 
cómo son las pantorrillas de las damas de Nihilburgo. 

Añadían que la reputación usurpada por las microbur¬ 
guesas era comprada al precio de una exhibición impúdi¬ 
ca y que esa apreciación, hecha por el público, de cosas 
que deben estar ocultas, no era, a los ojos de las personas 
sensatas, más que un monumento inmortal para vergüen¬ 
za de las mujeres de Microburgo, de lo que en manera al¬ 
guna debieran envanecerse. 

Muchas canciones se habían hecho en las que las damas 
de Nihilburgo acusaban a las de Microburgo de tener 
amantes, a las que éstas habían respondido con otras en 
que acusaban a sus rivales de no tenerlos. 

En una palabra; las cosas se envenenaban continua¬ 
mente y en aquella época, a que se refieren nuestras no¬ 
ticias, los dos Estados se hallaban en guerra encarnizada. 
Habían tenido lugar varios encarnizados combates, en los 
cuales cada uno se había atribuido la victoria, pero en los 
que lo único que razonablemente podía afirmarse era que 
de una parte y de otra se habían recibido muchos golpes 
y heridas. 

Aquel día era el aniversario de la quema del olmo liti¬ 
gioso: en los dos países se celebraba la Fiesta de la Paz. 

La Fiesta de la Paz comenzaba en ambos países en la 
hora en que el olmo sufrió el primer hachazo, lo que aún 


— 105 — 



fue otro motivo de disputa entre los dos pueblos: los ni- 
hilburgueses asignaban a aquel momento las cinco y tres 
cuartos, mientras que los habitantes de Microburgo sos¬ 
tenían, con parecido fundamento, que el primer golpe se 
dio a las cinco y media. 

Durante mucho tiempo, de una parte y de otra, se iba en 
procesión al sitio que ocupaba el árbol; pero se observó 
que todos los años, con motivo de la Fiesta de la Paz, ocu¬ 
rrían varias reyertas y que era notoriamente el día del año 
en que había más cabezas hendidas y más brazos rotos, 
por lo que la procesión cayó en desuso. 

La Fiesta de la Paz comenzaba en Nihilburgo a las cinco 
y tres cuartos y en Microburgo a las cinco y media, duran¬ 
do toda la noche. En una parte y otra se empleaba aquel 
tiempo en bailar, beber y cantar; pero las canciones que 
empezaban dedicadas al amor, al cabo de cierto núme¬ 
ro de jarros de cerveza, acababan por alusiones al pueblo 
rival que no pecaban de reverentes. 

He aquí una idea aproximada de lo que cantaban los jó¬ 
venes en Microburgo el día de la Fiesta de la Paz: 

“Dancemos alegremente bajo nuestros viejos árboles, 
con nuestras doncellas de faldas cortas y hermosas pan¬ 
torrillas. Las faldas largas son buenas para las mujeres de 
Nihilburgo. Es de temer que no encuentren bastante tela 
para ocultar sus grandes y feos pies. 

“Que ninguna doncella ame un mozo de Nihilburgo, 
porque nuestras mujeres deben tener hijos que sean fuer¬ 
tes, valientes buenos patriotas microburgueses. 

“Pero, ¿dónde está el nihilburgués bastante osado para 
presentarse hoy en medio de nosotros? 

“Los mozos de Microburgo conservan aún los garrotes 
con que han abierto tantas cabezas. 

“¡Hurra!” 

Y se terminaban por gritos y declamaciones ponderan¬ 
do las numerosas victorias obtenidas sobre los nihilbur- 
gueses. 

En Nihilburgo, entre tanto, se cantaba: 


— 106 — 



“Dancemos alegremente bajo los viejos árboles con 
nuestras púdicas doncellas de faldas largas, que sólo a su 
esposo permiten ver la punta de sus pies. 

“Suerte tienen las microburguesas de tener buenas pan¬ 
torrillas, porque si no se dejarían ver desnudas. 

“Que ninguna doncella ame un mozo de Microburgo, 
porque nuestras mujeres deben tener hijos que sean fuer¬ 
tes, valientes y buenos patriotas nihilburgueses. 

“Pero, ¿dónde está el microburgués bastante osado para 
presentarse hoy en medio de nosotros? 

“Los mozos de Nihilburgo conservan aún los garrotes 
con que han abierto tantas cabezas. 

“¡Hurra!” 

Y se acababa también, como en el otro lado, por gritos 
y relaciones de las numerosas victorias alcanzadas contra 
los microburgueses. 

Como he dicho, aquel día se celebraba la Fiesta de la 
Paz. 

El pueblo estaba reunido en el salón del príncipe rei¬ 
nante, Federico CXXVII, uno de aquellos principillos nu¬ 
merados, a quienes la idea de majestad va unida, por no 
sé qué fatalidad, a algo que recuerda la vetustez de los co¬ 
ches de plaza. Descontando del número doscientos sesen¬ 
ta, a que ascendía la población de Nihilburgo, las mujeres, 
los niños y los ancianos, quedaban unos ochenta hombres 
en estado de llevar armas. Se trataba de adoptar una gran 
resolución. 

El príncipe expuso en un largo discurso que la insolen¬ 
cia de las gentes de Microburgo crecía de día en día y que 
era tiempo de ponerle un término; que en aquel momen¬ 
to se entregaban a la alegría, a los placeres y sobre todo 
a la cerveza; que convenía sorprenderles en medio de la 
noche y hacer con ellos un escarmiento; que se les encon¬ 
traría dormidos o borrachos; que sería fácil en ese estado 
dar buena cuenta de ellos, acabando de una vez con ese 
pueblo salvaje, que en todo tiempo había ensangrentado 
las páginas de los anales de Nihilburgo. 


— 107 — 



Esta proposición fue acogida por todos con gran en¬ 
tusiasmo. 

El príncipe añadió: 

—Es preciso, pues, abstenerse de cerveza y de bebidas 
embriagadoras, y mañana celebraremos por primera vez 
una fiesta cuyo aniversario reemplazará en lo porvenir 
la Fiesta del Olmo, y a la que dominaremos la Fiesta de 
la Paz Victoriosa. 

Nuevos hurras aclamaron al príncipe, quien, animado 
por el éxito, creyó deber añadir que era preciso abonar 
los campos con sangre de enemigos, a lo que nadie se 
opuso. 

A las diez de la noche se emprendió la marcha: no ha¬ 
blaré de las lágrimas de las madres, de las esposas o de 
las prometidas; sólo me detendré un instante sobre la 
desesperación de la esposa del príncipe Federico CXX- 
VII. Ella concibió el proyecto de atacar por sorpresa la 
ciudad de Microburgo y lo sugirió a su marido, pero al 
verle partir hacia el peligro, se mesaba los cabellos, se 
golpeaba el pecho y se acusaba de ser una esposa crimi¬ 
nal, una mujer sin corazón que prefería la gloria de su 
esposo a su conservación y, por lo mismo, le suplicaba 
abandonase una empresa que, aunque gloriosa, ponía 
su preciosa vida en peligro. Tan elocuente y conmove¬ 
dora fue su plática, que el príncipe estuvo a punto de 
ceder, hasta que la princesa añadió: 

—Estoy persuadida de que, después de vuestro mag¬ 
nífico discurso pronunciado hace poco ante vuestros 
vasallos, quedaríais deshonrado si no llevaseis a cabo 
la empresa iniciada; pero ¿qué vale una vana gloria? 
Abandonaremos el palacio y sus grandezas, iremos a 
ocultarnos en un desierto y allí, en el seno de la natura¬ 
leza, viviremos de frutas y de leche... 

El príncipe no la dejó acabar; esa perspectiva no tenía 
encantos para su imaginación y se resignó a cubrirse de 


— 108 — 



gloria, por lo que abrazando con ternura a la princesa, 
se desprendió de sus brazos. 

Al partir, todos querían ocupar las primeras filas; pero 
después de haber andado dos leguas, se estableció un 
poco de disciplina en el ejército y cada uno consintió 
en ocupar su puesto; cuando se estuvo a media legua 
de Microburgo, se marchó más despacio; a un cuarto 
de legua, se hizo alto y se celebró consejo: algunos opi¬ 
naron que la empresa era grave y peligrosa; dos o tres 
aconsejaron volver a Nihilburgo; muchos se contentaron 
con desearlo, pero el mayor número no tuvo siquiera el 
valor de declarar su miedo. Se decidió, sin embargo, que 
se obraría con prudencia; que si, por acaso, los micro- 
burgueses estuviesen alerta, se consideraría el asunto 
como fracasado y se haría señal de retirada. Se enviaron 
algunos hombres a la descubierta, luego se continuó la 
marcha hacia la ciudad enemiga, pero guardando todos 
el mayor silencio, lentamente y con circunspección. 

En el curso del camino parecía que todos tuviesen un 
solo corazón y un solo espíritu. No se hablaba más que 
de gloria, de desafiar peligros, de defender la patria; sin 
embargo, profundizando un poco el pensamiento de los 
personajes que se servían de las mismas palabras, se 
hubieran encontrado variantes muy curiosas, como lo 
demuestran los siguientes ejemplos: 

UNO.— ¡Voy a conquistar gloria! Es decir: sé de una 
platería en Microburgo, cerca de la iglesia, donde espe¬ 
ro despacharme a mi gusto. 

OTRO.— ¡Voy a conquistar gloria! Es decir: malo será 
que en la zaragata que se va a armar no pueda lograr 
echar mano a un buen caballo para substituir al mío que 
dejo estropeado e inútil en la cuadra. 

OTRO.— ¡Voy a conquistar gloria! Es decir: por poco 
que pueda no volveré con la casaca vieja que llevo pues¬ 
ta. 


— 109 — 



OTRO.— ¡Voy a conquistar gloria! Es decir: buena 
ocasión para llevar a Sofía los pendientes de oro que le 
tengo prometidos. 

Y así pensando, he aquí a nuestros héroes a pocos 
pasos de la ciudad. La avanzada vuelve diciendo que no 
han visto a nadie, que la ciudad parece dormida. Algu¬ 
nos prudentes hacen notar que acaso sea astucia de sus 
pérfidos, enemigos, que no hay que fiarse, que aún es 
tiempo de renunciar a una expedición imprudente; que 
bastaría para humillar a los microburgueses que el prín¬ 
cipe arrojase su guante a la ciudad en signo de desafío. 

“En aquel momento el caballo del príncipe se enca¬ 
brita; y aquel señor, que nunca fue buen jinete, quiere 
retenerle, se encoleriza y le espolea temerariamente, a 
consecuencia de lo cual el caballo parte a galope y entra 
en la ciudad, siguiéndole los suyos censurando su loca 
temeridad. 

El caballo se detiene de pronto enfrente de una casa 
que le cierra el paso. El príncipe, que en su atolondra¬ 
miento consiguió mantenerse firme agarrándose a las 
crines, se apea y le ata a un poste, mientras que los fie¬ 
les nihilburgueses rodean a su valeroso jefe. El ruido 
del caballo debió despertar a los enemigos; pero ¿cómo 
es que no se ve a nadie?, ¿tan grande es la borrachera 
de aquella gente? Dos soldados vienen a decir que han 
descerrajado una tienda y sólo han encontrado una vieja 
que se les ha arrodillado pidiendo clemencia. En otra no 
han encontrado más que una mujer con dos niños y una 
criada. Se les interroga y sus respuestas y nuevas prue¬ 
bas hechas en otras casas demuestran el hecho singular 
de que no hay un solo hombre visible en toda la ciudad 
de Microburgo. Se registran las casas y en todas sucede 
lo mismo; los cobardes guerreros de Microburgo han 
huido y, entre tanto, cada uno de los soldados nihilbur¬ 
gueses se cubre de gloria a su manera. 


— 110 — 



Se emprende el saqueo en toda regla, se queman una o 
dos casuchas y se ejecutan todas las atrocidades de uso 
en semejante caso; pero pronto, Federico da la señal de 
retirada. Reúnese el ejército victorioso en la gran plaza 
de Microburgo; cada uno lleva su parte de botín, de que 
se han cargado los asnos y caballos que se han encon¬ 
trado. Las mujeres y los niños, agolpados en un pelotón, 
son conducidos a pesar de sus lamentos y súplicas. 

El ejército victorioso se pone en marcha. 

El príncipe, rodeado de sus fieles consejeros, se pre¬ 
gunta qué se ha hecho de los soldados de Microbur¬ 
go. En cuanto a los nihilburgueses, cada uno refiere sus 
grandes hazañas; se cuentan hasta cuarenta y tres que 
han entrado el primero en la ciudad enemiga. 

La ausencia de los microburgueses se la explican 
tranquilamente los asaltantes por el terror que inspi¬ 
ran, olvidando por completo el que sentían poco tiempo 
antes. Sin embargo, por orden del príncipe se siguen 
atajos y veredas separados del camino real que si bien 
alargan y dificultan la marcha, pueden evitar peligro¬ 
sos encuentros. De repente, se oye ruido de pasos y de 
voces a lo lejos y el príncipe ordena apoyarse a la dere¬ 
cha para alejarse de aquel ruido. Ya cerca de la ciudad, 
se discute si se entrará por la puerta posterior. Pero les 
sorprende una luz extraña: ¡si parece de día! ¡qué cielo 
tan rojo! Nunca se vio una aurora tan brillante; pero no 
puede ser la aurora, porque la luz se ve en la dirección 
de Nihilburgo y Nihilburgo está al oeste. Se apresura la 
marcha. ¡Oh! ¡Fuego! Las llamas se ven distintamente. 
¡Nihilburgo está ardiendo! Se deja los prisioneros y el 
botín bajo la guardia de la tercera parte de la tropa y el 
resto se precipita hacia la ciudad. 

¿Cómo es que no oyen gritos? ¿No habrán despertado 
las mujeres y los niños ante aquel espantoso accidente? 
Todos se apresuran; se extingue el fuego de dos casas; 


— 111 — 



una tercera está de tal modo envuelta por las llamas que 
no se puede ni aún intentarlo. 

Nadie se encuentra en las casas salvadas. ¿Habrán pe¬ 
recido las mujeres y los niños que las habitaban, o se 
habrán refugiado en otras casas? 

Comienza a amanecer; el botín y los prisioneros lle¬ 
gan con su escolta; los vencedores entonan cantos gue¬ 
rreros. Nadie sale de las casas; se encierra provisional¬ 
mente a los prisioneros en dos casas abandonadas y se 
ponen centinelas. 

Cada cual se apresura a entrar en su casa con su parte 
de botín; el príncipe Federico, lo mismo que los demás; 
pero con gran sorpresa no encuentra en palacio ninguna 
de las mujeres de la princesa Federica; dirígese apresu¬ 
radamente a las habitaciones de la princesa, y ¡tampoco 
está en ellas!... Además le espanta el desorden que se 
observa en todas partes: muebles rotos, puertas derri¬ 
badas: ¡el palacio ha sido saqueado! El príncipe, angus¬ 
tiado, quiere sentarse, pero no hay una silla. 

Y lo mismo que al príncipe sucede a cada uno de sus 
vasallos: ni un mueble, ni ropa, ni moneda, ni mujeres, 
niños, ni ancianos en Nihilburgo. 

Reúnense todos en tumulto en la plaza; el príncipe 
arenga a sus súbditos; todo induce a creer que un pér¬ 
fido enemigo ha abusado cobardemente de las sombras 
de la noche para introducirse en la ciudad y entregarse, 
con desprecio del derecho de gentes, a todos los horro¬ 
res de que es capaz una soldadesca desenfrenada. 

Se colma de maldiciones a los microburgueses y se 
admira que el cielo deje impunes a semejantes bandi¬ 
dos. 


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ESTE LIBRO SE TERMINÓ DE ENCUADERNAR 
ARTESANALMENTE EN JUNIO DE 2015 
EN EL ALTO ARAGÓN